La pura verdad
Si ustedes lo permiten,
prefiero seguir viviendo.
Después de todo y de pensarlo bien, no tengo
motivos para quejarme o protestar:
siempre he vivido en la gloria: nada
importante me ha faltado.
Es cierto que nunca quise imposibles; enamorado
de las cosas de este mundo con inconsciencia y dolor
y miedo y apremio.
Muy de cerca he conocido la imperdonable alegría; tuve
sueños espantosos y buenos amores, ligeros y culpables.
Me averguenza verme cubierto de pretensiones; una gallina torpe,
melancólica, débil, poco interesante,
un abanico de plumas que el viento desprecia,
caminito que el tiempo ha borrado.
Los impulsos mordieron mi juventud y ahora, sin
darme cuenta, voy iniciando
una madurez equilibrada, capaz de enloquecer a
cualquiera o aburrir de golpe.
Mis errores han sido olvidados definitivamente; mi
memoria ha muerto y se queja
con otros dioses varados en el sueño y los malos sentimientos.
El perecedero, el sucio, el futuro, supo acobardarme,
pero lo he derrotado
para siempre; sé que futuro y memoria se vengarán algun día.
Pasaré desapercibido, con falsa humildad, como la
Cenicienta, aunque algunos
me recuerden con cariño o descubran mi zapatito
y también vayan muriendo.
No descarto la posibilidad
de la fama y del dinero; las bajas pasiones y la inclemencia.
La crueldad no me asusta y siempre viví deslumbrado
por el puro alcohol, el libro bien escrito, la carne perfecta.
Suelo confiar en mis fuerzas y en mi salud
y en mi destino y en la buena suerte:
sé que llegaré a ver la revolución, el salto temido
y acariciado, golpeando a la puerta de nuestra desidia.
Estoy seguro de llegar a vivir en el corazón de una palabra;
compartir este calor, esta fatalidad que quieta no
sirve y se corrompe.
Puedo hablar y escuchar la luz
y el color de la piel amada y enemiga y cercana.
Tocar el sueño y la impureza,
nacer con cada temblor gastado en la huida
Tropiezos heridos de muerte;
esperanza y dolor y cansancio y ganas.
Estar hablando, sostener
esta victoria, este puño; saludar, despedirme
Sin jactancias puedo decir
que la vida es lo mejor que conozco.
Francisco Paco Urondo.
Páginas
viernes, 30 de diciembre de 2011
miércoles, 28 de diciembre de 2011
Memoria del fuego
1942
Washington
La cruz roja no acepta sangre de negros
Salen los soldados de los Estados Unidos hacia los frentes de guerra. Muchos son negros, al mando de oficiales blancos.
Los que sobrevivan, volverán a casa. Los negros entrarán por la puerta de atrás, y en los estados del sur tendrán un lugar aparte para vivir y trabajar y morir, y hasta yacerán después muertos en cementerio aparte. Los encapuchados del Ku klux Klan evitarán que los negros se metan en el mundo de los blancos, y sobre todo en los dormitorios de las blancas.
La guerra acepta negros. Miles y miles de negros norteamericanos. La Cruz Roja, no. La Cruz Roja de los Estados Unidos prohíbe la sangre de negros en los bancos de plasma. Así evitan que la mezcla de sangres se haga por inyección.
En Memorias del fuego. 3. El siglo del viento, de Eduardo Galeano
miércoles, 21 de diciembre de 2011
El efecto banana de fin de año
Nunca me gustaron las balanzas. Y no porque no quisiera evidenciar numéricamente mi peso, eso no fue y no es un problema. Simplemente no me gustan. Quizás tenga que ver que no me gusta, además, hacer balances. Eso de sopesar por un lado (ahora les pido la mímica: ponga sus manos a los costados con las palmas hacia arriba) lo bueno y por otro lado lo malo. Lo mejor y lo peor. Lo que se rescata y lo que se descarta. Podría ser que inconscientemente también tema que la balanza caiga por su mayor peso hacia el lado negativo. Sea como sea, nunca me gustaron las balanzas.
Prefiero las bananas y guarden las risas, aunque parezca cosa de risa.
En lo más recóndito de la selva amazónica, en ese lugar inhóspito (si es que en el mundo todavía existen los lugares inhóspitos, creo creer que si) rodeado de maleza y más maleza vive una tribu hace siglos. Vive literalmente lejos de todo: sin luz y por ende sin televisión, sin radio, sin Internet, sin teléfonos, sin celulares, sin autos, sin computadoras y demás cosas que nosotros consideramos comunes que para ellos no existen. Pero lo que viene al caso de ésta crónica es que no tienen calendario; no tienen lunes, ni jueves, no tienen agostos ni febreros, y no tienen años. No miden el tiempo, o no lo miden como lo medimos nosotros. No saben si es 1492 o 2011, es como si el tiempo para ellos sea como una recta en una línea de continuidad infinita, sin cortes ni fechas a recordar. No les importa si fue un mal o un gran año, porque no los tienen, su vida es un continuar incesante, como un río que fluye. Solo se guían por los ciclos de los frutos que pasan de ser simples frotes a alimentos maduros, así saben si habrá menos o mayor comida. Pero luego recuerdan cuando tienen ganas o cuando el recuerdo inesperado se forma en sus mentes. Pero aquí caigo en una mentira, y si algo soy que no dicen los demás, es que no soy un mentiroso. Sí recuerdan algo con vívida asiduidad:
Cuentan sus sabios que hace muchos años (no saben la fecha exacta) llego un viajero de otras tierras, que jamás dijo su nombre y que se fue una noche sin estrellas vaya a saber uno hacia que rumbo. Pero dejo algo o se lo olvido. Una pequeña imagen, una estatua. La imagen (¿celestial?) de una banana. Dicen sus sabios que desde que allí la encontraron no ha habido tiempos malos, solo prosperidad y bonanzas. Solo de eso se acuerdan, de la llegada del Dios Banana.
PD.: Tampoco tienen balanzas.
Javier Domingo Candia.
lunes, 19 de diciembre de 2011
El peón se come al rey
El vaso se vacía de tanto en tanto, lo bebo de a pequeños sorbos, estirando el tiempo lo más que puedo. Estoy en unas de las últimas mesas al fondo del lugar; las razones por las que me estoy emborrachando no tienen mucha importancia, y además mejor no acordarme de ellas. A mi izquierda las mesas de ajedrez se van desocupando, pero solo dos muchachitos comienzan una partida. Se sientan uno frente a otro, blancas contra negras. Uno de ellos tiene la mirada perdida, como ido; el otro esta tenso, concentrado. Se da inicio a la partida y el primero en mover es el chico de pelo corto, el más concentrado. Mueve confiado, seguro de la jugada que ya programo antes de comenzar. El otro, de cabello más largo, piensa su movimiento con una quietud que me pone nervioso; pero luego de lo que me pareció un lapso muy prolongado mueve. Son, como las piezas, la contracara; uno es seguro, planeado, el otro dubitativo, caótico, pero por momentos este último, en sus ojos, deja ver como un rápido destello algo más que una simple inteligencia.
Las horas pasan y el caos, las leyes de la termodinámica pierden fuerza y el tablero se inclina hacía un lado. Las piezas del seguro, del confiado se esfuman lenta pero inexorablemte. El peli largo, el dudoso, domina el juego a su placer, pero sin disfrutarlo, como un autómata.
La partida esta sellada, tiene un final anticipado. Sólo juegan por inercia y por el orgullo del muchacho de pelo corto.
Se acaba. Los dos chicos se parán para irse, y cuando pasan cerca de mi mesa les escucho decir:
¿Cómo te llamas?.- dice el orgulloso, seguro y reciente perdedor de la partida.
Roderer. Me la llamo Roderer.
Acerca de Roderer, Guillermo Martínez.
Lecturas de verano.
lunes, 12 de diciembre de 2011
La arena que cae por los libros
La arena se escapa entre las páginas. El viento levanta en ímpetu y con él se lleva un puñado de arena, que se cuela nuevamente entre las hojas. Cierro el libro y observo el mar. Este se a embravecido de golpe, se mueve y ruge con una fuerza mitológica, de épica. Hago visera con mis manos para que la arena no lastime mis ojos, y para mi sorpresa, a lo lejos, se ve un barco. Un gran barco. Uno de esos que son monstruos marinos que cruzan el océano de Boston a Southampton, una y otra vez. Un trasatlántico. Pero lo más increíble, lo más inverosímil, es que de él venía, como flotando en el aire, etérea, una melodía. Un piano. Un sonido delicioso. Seducido por semejante música solté el libro en la arena y me encamine hacia el agua. De repente una fuerte ráfaga vino sobre mi, y solo atine a cubrirme los ojos. Para cuando volví a ver al horizonte acuso, el barco se había esfumado, como si por un extraño mecanismo interno se hubiera hundido, para seguir su camino en el fondo del mar. Pero la melodía de ese piano seguía ahí, seguía susurrándome al oído. Volví a mi reposera y tome el libro. Lo retome en la parte en la que el pianista tiene un duelo legendario con el creador del jazz, un duelo que se lleva a cabo en un navío, que cruza de Boston hacía Southampton, de América a Europa y viceversa, una y otra vez. Llevando con sigo una melodía que no puedo sacarme de la cabeza.
Novecento, de Alessandro Baricco.
Lecturas para compartir.
jueves, 8 de diciembre de 2011
Conversación
Me dice que le diga que estoy haciendo, Escribo, le digo, ¿Qué escribís?, me pregunta para que le diga, Lo que se me ocurre, pero, le digo, Vos debes saber lo que escribo, Si, me dice y acota, Pero a veces te disocias, y ahí no sé que me vas a decir, me dice como un reproche, Si lo sé, le digo en tono de disculpa, Es que a veces no lo puedo evitar, sigo diciendo, No puedo evitar esta dualidad, a veces no quiero pensar, le digo y él me dice, Lo sé, debes en cuando es bueno estar solo, estar en blanco; me dice que se acuerda de algo que le dijo alguien sobre el separar de elementos, Qué raro que no me acuerde de eso, le digo, Siempre estamos juntos, pero perdóname, qué me decías, Te decía, vuelve a decir, De separar elementos, en nuestro caso dos fases, ¿Cómo el agua y el aceite?, pregunto para volver a interrumpir, Algo así, me responde y dice, Pero en nuestro caso nos mezclamos, en parte porque no nos queda otra opción, y por otra porque somos pilares de una misma estructura vos y yo, sin la pata de uno todo se cae, Pero, sino entendí mal, le digo y prosigo, Somos como dos en uno, solo que por momentos nos disociamos y por otros nos unimos sin que eso lleve al derrumbe de dicha estructura, Si algo así, me responde y dice, Es como escribir, uno se aleja de su vida cotidiana y crea otra realidad que en parte le pertenece y en parte no, Pero creo que ahí te equivocas, le digo y agrego, Vos y yo somos partes de un todo, pertenecemos a la totalidad, ¿A qué totalidad?, pregunta para que le diga, Ah, no sé, a nuestra totalidad calculo, digo y me dice, Cambiando de tema, ¿por qué ese nombre?, Es un cuento que me gusta mucho, explico y sigo diciendo, y el título me pareció justo para esto, No será alución a otras cosas, me dice y le digo, me digo, digo para mí: A veces me siento burlado por ciertas cosas, pero eso, me sigo diciendo, Es tema de otra conversación.
martes, 6 de diciembre de 2011
El precio de la eternidad
En el primer día del nuevo año, en un país del cual no sabemos el nombre, ni donde se encuentra, mientras sus ciudadanos festejan con copas y juegos de pirotecnia el comienzo del calendario, se dará lugar a una huelga nunca antes vista. Tánatos, La Parca, La Muerte, dejara de cumplir su labor milenaria. Así se origina un libro que los llevará (a aquellos que lo lean) a una sociedad que ya no muere, pero que envejece, ya que el paso del tiempo no se detiene. Sus habitantes se sumergirán, en un principio, en una euforia por haberse ganado la entrada a la inmortalidad, solo para descubrir que el ser infinito,o mejor dicho, que al poseer la infinitud de la existencia le deparará miles de problemas.
En las intermitencias de la muerte José Saramago propone un punto de partida irracional para desarrollar, con una prosa que lleva al límite los signos de puntuación hasta casi hacerlos desaparecer, una de las utopías más buscadas del ser humano: la inmortalidad. Desde allí la excelente narrativa del escritor portugués nos mostrará que tan fácil las sociedades se corrompen en un afán, por un lado, de arreglarlo todo y por otro de comercializarlo todo; donde también se ve el desprecio por los viejos, que son visto como estorbos,reflejos del espejo que la inmortalidad les muestra. A la vez hermoso, brutal y triste, Las intermitencias de la muerte es un libro que nos hace pensar en la finitud de nuestra existencia, en las actos, hechos o acontecimientos que vivimos y jamás volveremos a vivir, de que el principio y el fin son suficientes para vivir lo más acorde a nuestras convicciones, y también que el precio por la eternidad, es un precio muy alto a pagar.
José Saramago:
José Saramago

José Saramago
(Azinhaga, 1922 - Tías, España, 2010) Narrador y ensayista portugués, premio Nobel de Literatura en 1998. Nacido en el seno de una familia de labradores y artesanos, José Saramago creció en un barrio popular de Lisboa. Su madre, analfabeta, inculcó en él la sed de saber y le regaló su primer libro. A los quince años abandonó los estudios por falta de medios y tuvo que ponerse a trabajar de cerrajero. Luego se desempeñó en una caja de pensiones y más tarde se dedicó al periodismo, la labor editorial y la traducción. Colaborador de diversos periódicos y revistas, entre ellos Seara Nova, fue también codirector del Diario de Noticias en 1975. Se adhirió al Partido Comunista Portugués, por lo que sufrió censura y persecución durante la dictadura de Salazar. En 1974 se sumó a la Revolución de los Claveles.

José Saramago
La obra de José Saramago se caracterizó por interrogar la historia de su país y las motivaciones humanas. Encontrar las claves por las que un imperio quedó relegado a un segundo plano respecto al resto de Europa y entender el accionar del hombre fueron sus preocupaciones centrales. Pero aunque su novelística tiene como eje vertebrador la realidad de Portugal y su historia, no se trata, sin embargo, de una narrativa histórica, sino de relatos donde la historia se mezcla con la ficción y con lo que podría haber sido, siempre a través de la ironía y al servicio de una aguda conciencia social.
Se dio a conocer en 1947 con Tierra de pecado, novela de corte realista que no suele incluir en su bibliografía. Después de un largo período de silencio, en 1966 publicó Los poemas posibles y en 1970 Probablemente alegría, colecciones de poesías en las que, tratando con fina ironía sobre todo los temas del amor y del erotismo, renovó con vigor el lenguaje poético tradicional.
miércoles, 30 de noviembre de 2011
Puras mentiras
Con el paso del tiempo me he dado cuenta de la importancia de las cosas simples, que por ser simplezas no dejan de ser importantes para mi. Y también he descubierto la inutilidad de ciertas cosas. Pero tratando de poner orden en la entropía que maneja mi escritura, comenzare por las cosas simples. Ya hace varios días viene rondando por mi cabeza la idea del despojo, de la perdida de todo, pero no de todo lo material, que será líneas más adelante, sino de lo otro, lo que no se puede medir, de la vida, mi vida para ser más preciso. Pero ese despojarse no es (en mi imaginario) voluntario, si producto de las vicisitudes que me depararían un caer estrepitoso en un abismo, sin ver más allá de mis pies solo oscuridad. Así planteado es una calamidad, el acabose total, y quizá así lo sea, pero en ese momento (si algún día llega) me aferraría a las cosas simples (pero no sencillas, no confundir). ¿Y cuáles son estas cosas simples? se preguntaran; en mi caso las más habitules o comunes, la de casi todos los días: el fútbol con los pibes, la familia, las cenas familiares, con amistades y otras que mezclen ambas o con otros integrantes, la sobremesa, las caricias, la lectura, mi papá, las charlas que se extienden hasta altas horas de la madrugada, mi mamá, los amigos del barrio, escribir, los amigos de la primaria, dormir al sol, los amigos de la secundaria, a las risas, la solidaridad, la lucha por lo que creo, los amigos de la facultad, mi hermana, los besos, y otras con las que no quiero extenderme ya que no es la idea hacer un inventario. Podrá suceder la catástrofe antes citada, pero nunca voy a dejar de ser hijo, hermano, amigo, compañero, amante, novio, padre (en un futuro), médico, escritor, lo demás se dará por esfuerzo, sacrificio y añadidura; de a poco le pierdo miedo al futuro, y pierdo también, o gano mejor dicho, desapego a lo que antes llame inútil, a lo que deje de ser que querían que fuera, a las apariencias, a lo frívolo, que lo que escuchaba y escucho lo que uno tiene que ser para existir, lo que uno tiene que poseer para ser. Me he dado cuenta, tarde o temprano, ya no importa, que son para mi puras mentiras.
Aclaración: El título es robado o tomado prestado de un libro de Juan Forn, que lleva el mismo nombre. Nobleza obliga.
miércoles, 16 de noviembre de 2011
Instrucciones para una caída segura
Instrucciones para una caída segura
El esquema es sencillo, son solo dos pasos, dos golpes. Lo complicado es el andamiaje que los sostiene, la base que sustenta el misterio y la impunidad. Años me pase diagramando los planos; meticulosamente pensé cada paso a seguir. Tome en cuenta todos los detalles, y me percate de que cada variante, la mínima que sea, no se me pasará desapercibida. Lo llame en un ataque imaginativo (y de vanidad también) el esquema de los dos golpes.
¿Dónde te metiste?. Te estuvimos llamando todo el día.- lo increpa su hermana mayor, temblando del enojo.- Vos sabes que mamá esta delicada. Y te tocaba cuidarla como habíamos convenido con Martín y Daniela.- sus hermanos le reprochan su actitud con la mirada, pero no dicen nada, le dejan la voz cantante a Ludmila.- ¿ Dónde mierda estabas?.
Mientras Ludmila habla siento que la cabeza me late como un corazón a todo galope. Pienso que será el alcohol que se me agolpa en el cerebro, que lo baña y lo nutre, que lo ceda y lo duerme.
Sabes que desde que le diagnosticaron cáncer necesita de cuidados especiales, que acordamos redoblar nuestros esfuerzos para cuidarla.- Si ya lo sabía. Desde que le descubrieron cáncer cerebral mi madre había dejado de ser la de siempre. En parte por culpa del tumor, que deterioraba poco a poco su conciencia, sus estados de ánimo; por otro lado creo que al saber del fin de la enfermedad (los médicos nos decían que había muy pocas chances) le hacía decir cosas que nunca le escuche decir.- Te pido eso Juan, que nos des una mano, por favor.
Ya sé Ludmila, sabes que hago todo lo posible. No va a volver a pasar. Lo prometo.- la hermana mayor lo mira con un tono de melancolía, con una nota de esperanza en esas palabras, a sabiendas de que las promesas de un alcohólico se desvanecen en el aire.- Pasemos que mamá esta preguntando por vos.-
La habitación en penumbras da el aspecto de una casa mortuoria. La tenue luz acaricia el rostro de la mujer en la cama, la piel tensa sobre los huesos afilados de la cara; los pequeños ojos hundidos en las profundas cuencas como cavernas dejan ver, por momentos, los vestigios de la mujer que fue en antaño. De pronto esos ojitos que parecían perdidos, se fijan en mí detenidamente. Y presiento que en sus pupilas, negras como el ébano, ruge una tormenta que lo arrasa todo por dentro.
Llego mi hijo que faltaba, el beodo.- dice la madre sin cambiar la expresión de sus músculos faciales.
Mamá no digas eso. Tuvo un contratiempo, por eso llego tarde.- la primogénita trata de escudarlo ante la agresión de su madre de una forma autómata, como si estuviera interpretando un guión que se supiera de memoria.
Ludmila, vos siempre defendiendo a tus hermanitos. No cambias más. Y vos que recién llegas, ¿no decís nada?. ¿Te comieron la lengua los ratones?, cuando venga su padre, ahí va a haber orden acá.
Otra vez lo mismo mamá, pienso. Todos los días la misma explicación.
Mamá, papá no va a venir. Ya te lo dijimos ayer.- Y esbozo las mismas palabras que dije semanas atrás, y creo que en el mismo orden. A veces tiene destellos de coherencia, de lucidez. Otras me interrumpe, y pregunta: ¿Cuándo fue?, ¿como fue?. Después se sumerge en silencios prolongados, infinitos. Y todos se quedan callados, mascullando sus temores, rencores y ambiciones.
Yo solo pienso cómo y cuándo dar el primer golpe.
¿Puede alguien tocar dos extremos muy distantes? Y si llega a tocar uno de ellos, ¿puede aferrarse a el?. La locura, el delirio, los bordes del desquicio, creía que nunca los vería. He visto los ojos mirando la nada, el vacío mismo; he oído (¿lo has oído?) las palabras sin sentido, las hirientes, las melancólicas, todas a veces sin interrupción, atropelladas, como empujándose por salir a tropel. ¿Estas seguro de que viste y oíste todo esto?, ¿Qué no lo imaginas?. Si estoy seguro, hoy no tome una gota.
Ahora la veo allí, sedada, respirando rítmica y tranquilamente. En paz. Por tantas cosas ha pasado que ya no imagino que más puede sufrir. Primero la muerte de su esposo, luego ésta terrible enfermedad. Quizá ya fue suficiente para ella, quizá los dioses se ensañaron demasiado con ella. ¿Cómo ayudarla?. Me encuentro pensando que si me sacrificará por ella, si diera una parte de mí, podría darle a ella la eternidad sin monstruos, sin fieras, ni fantasmas que la atormenten. Estaría dispuesto. Además, que puedo perder.
El castigo puede ser inmenso, o la recompensa enorme. No lo sé. Por lo demás, mucho no me importa. ¿Qué es capaz de hacer uno por una persona que ama?. ¿Puede llegar a tocar un extremo?. Creo que si, y más también. Sea como sea ya estoy al pie de la camilla contemplado el saco de huesos que supo ser mi querida madre. Ya la recompensa, castigo o perdón de los dioses no me interesa, desdeño y maldigo en sus nombres y en sus divinos presagios. Si fueran tan omnipotentes detendrían el acto criminal que voy cometer, el parricidio de Gran Edipo que estoy cometiendo.
Este es el primer golpe.
La brisa sacude la endeble estructura, que en las alturas lo parece más aún. Miro bajo mis pies bamboleantes el panorama que se me presenta. Cierro los ojos y el aroma de la arboleda me invade las fosas nasales, y me pierdo otra vez entre las lápidas y nichos. Camino sin apuros, ya que las ceremonias no me agradan, y menos las de esta clase. La ropa negra que predomina simula una bandada de cuervos alrededor del cadáver fresco, carroñando
Levanto los ojos al cielo impávido buscando la redención, el perdón, Sos un asesino, ¿Qué azote se merecen los homicidas?. Ya lo se, se lo que hice, y creo que me merezco el supremo, el peor de todos. Pero, ¿no es un acto de misericordia, de amor, quitarle el sufrimiento a otra persona?, ¿aún que este acto conlleve un homicidio?. Te estas justificando, estas tratando de encontrar una salvación, un salvoconducto para tu alma atormentada. Yo no busco ninguna salvación ni justificativo por lo que hice. Ya me tocará pagar, ya llegará el momento.
Paso un tiempo prudencialmente largo hasta que encontré la oportunidad, un empleo de limpia vidrios de grandes rascacielos. Todo tenía que cuadrar casi a la perfección, que mi muerte, mi suicidio, se escondiera en un mero accidente laboral. Con esto no quiero lavar mis culpas, ni tomar el papel de aquel que con sus pecados y los de los demás se inmola buscando la redención. Yo ya no puedo cargar con mis cruces, los pies se me hunden en el fango de lo que es mi vida, y el caminar se me hace dificultoso. Dejaré este mundo sin más esperanza que la de dejar atrás un pasado que no es mío, con la incertidumbre de lo que me deparará el futuro, y con la certeza de que cuando la silla debajo de mi se desmonte de sus goznes y arneses, en la caída libre que me espera, al tocar el piso con toda la aceleración de la gravedad, será el fin.
Este es el segundo golpe.
martes, 25 de octubre de 2011
Un domingo como cualquier otro
Se han celebrado una vez más unos de los sucesos democráticos con mayor importancia a nivel social. Se avecinan 4 años más de un proyecto que empezó en el 2003, que se desarrollo y se desarrolla con sus puntos fuertes y otros un poco más oscuro. Quiero aclarar, en más no debería, pero para ahorrar comentarios futuros sobre lo que voy a decir lo haré, no soy kirchnerista o oficialista. Subsanada la cuestión solo quería expresar, humildemente, algunas ideas sobre lo ocurrido el domingo. Para empezar deberé caer en obviedades, cosa que no me gusta. Para hacerla corta, el pueblo o la sociedad holística se expresado de una manera sorprendente, tanto para los que votaron a la reelecta presidenta como los que no. Y terminada las obviedades (advertí que no lo prolongaría tanto) voy a ubicarme en el primer grupo, que además es al que pertenezco por la emisión de mi voto. Y para seguir aclarando, no podre en términos bélicos o triunfalistas la expresión de una gran parte de la sociedad, ya que a mi entender cuando de cuestiones democráticas se habla no debería perder nadie y deberíamos ganar todos. Pero si ha estado atento estimado lector y/o lectora habrá percibido que utilicé en la anterior oración un potencial, debería o deberíamos, ya que la memoria no falla, y fatal espina que a veces molesta no me deja olvidar. Hace ya 28 años que se llevan a cabo de manera ininterrumpida elecciones constitucionales, en este caso en particular presidenciales. Y volviendo al potencial, no lo he utilizado en vano, lo uniré a la palabras atrás dichas; desde 1983 ningún gobierno le a dado la victoria a la sociedad, si no que se la había guardado para unos pocos, y vaya si sobran ejemplos: privatización del estado casi todo, el robo de las AFJP a las las jubilaciones, la Corte Suprema de lo más viciada de corrupción menemista (y perdón a los supersticiosos), los índices de pobreza hasta las nubes, los dos dígitos de desocupación y el tristemente celebre corralito, y la debacle de 2001. Después eso era esperar la ruina y que nos comieran los piojos como se dice. Llego el 2003 y el pingüino que vino del sur tomo el bastón de mando, entre morisquetas graciosas. Y como quien no quiere la cosa, la cosa fue cambiando. Juicios masivos a los monstruos de la última dictadura militar, el recambio de la cúpula de la Corte Suprema, la asignación universal por hijo, la ley de matrimonio igualitario, la reestatización de la AFJP, y otros más etcéteras. Y debido a que excede el objetivo de esta pequeña crónica explicar como estas medidas tuvieron repercusión en la sociedad, y tampoco quiero aburrir con un corolario de las bonanzas de ese gobierno y este gobierno, solo quiero decir que a mi parecer desde la vuelta de la democracia el modelo o proyecto, o como quieran llamarlo, que se viene aplicando es el que más a hecho por los que menos tienen, por los más necesitados, por los excluidos; la igualdad y justicia social es una bandera que cualquier gobierno que se jacte de Benefactor debe sostener, aplicar y darle el alcance a todas las regiones de este nuestro país. A no confundir, no tapo el sol con un dedo o escondo la mugre debajo de la alfombra, se deben profundizar lo ya echo y corregir muchas cosas, cambiar y erradicar tantas otras. Se verá en el futuro si todo esto se lleva a cabo, pero ya el área de la futurología no es lo mío y lo dejo en manos más duchas y entrenadas. Y finalizando debo decir que ya (y lo agradezco) acostumbrado a las jornadas de votación y todo lo que ello implica, el domingo 23 para mí fue un domingo cualquiera.
P.D: Desde ya pido disculpas al desorden o carencia de estructura literaria o periodística de lo que han leído, pero no soy ninguna de las dos cosas. Solo soy alguien que últimamente le pica mucho la mano y no se le va si no escribe. Sin más el que desee expresar su adición o su contrariedad bienvenido sea, el debate de ideas nos beneficia todos. Eso sí, que sea en una marco educado y respetuoso. Y si han llegado a estas líneas finales, de más aprecio que me hayan leído.
jueves, 20 de octubre de 2011
Cavar un foso muy profundo
El cuerpo de la exuberante señora yace sobre su cama, congelada en la misma posición que hace ya cinco años. Sus gruesos brazos están inmóviles, rígidos pero a la vez flácidos por la grasa que los rellenaba. Hace cinco años que esta postrada a causa de un cáncer en los huesos, uno de esos cánceres que no paran con nada y lo carcomen todo. Tuvo que resignarse a eso por ya no poder moverse; sólo puede hablar, cuando no esta muy sedada. El mal que la aqueja no tenía cura ni mejora, era esperar el día para morirse, entre instantes de agonía y dolor sin pausa. Y ese día llego.
Cuando Martín abre la puerta del cuarto de su madre la imagen que encuentra lo remite a un cuadro que ha visto en su niñez; era uno en que un muchacho a los pies de la cama de que parecía ser su padre lo lloraba desconsoladamente, en donde con una mano acariciaba la cabellera del difunto y con la otra sostenía una daga empapada en sangre. Martín ve a su hermando Fernando arrodillado a los pies de la cama de su madre, que en silencio le toma de las manos, creyendo oír sollozos de tristeza.
¿Qué pasa Fernando?.- pregunta Martín.
Su hermano gira para verlo, y ve que no ha derramado lágrimas. Percibe que sus manos le tiemblan un poco, haciendo un esfuerzo para controlarlas.
Mamá, mamá esta muerta.-
¿Qué?.- las pupilas se le dilatan enormemente. El estupor lo invade acompañado de temor, pero temor a que no sabe. Lo toma de los hombros, y lentamente dice:
¿Qué?. ¿Estas seguro?.-
Si, murió Martín. Hace dos horas.
Martín mira sobre la cabeza de Fernando y sobre la mesa de luz ve la jeringa usada y el frasco de morfina vacío. ¿Qué hiciste?.-
Lo de siempre, lo de todos los días. Mamá se quedaba de que le dolía, mucho me dijo. Prepare la jeringa y la morfina, la misma cantidad que les damos siempre y se la aplique. Volví al rato para ver si necesitaba algo, pero no me respondió, me acerque y comprobé que estaba muerta.- Como rendido, Fernando se deja caer a los pies de la cama y entre en embudo que formaron sus manos apoyo su cabeza.
¿Estas seguro que le diste la misma cantidad de siempre?.-
Fernando lo mira atónito, no pudiendo creer lo que oye. La sangre se le agolpa en la cara, para ponerse roja de ira.
¿Qué mierda estas insinuando Martín?- pregunta su hermano con los puños crispados.
No insinúo nada, solamente te pregunto si te equivocaste en la dosis. ¿ O me queres contar algo?.-
Yo no soy ningún asesino. Así que mejor que dejes de decir estupideces y pensemos que vamos a hacer.- dice Fernando.
Yo no dije que fueras un asesino, pero te pudiste equivocar con todo lo que estamos pasando, no te estoy echando la culpa. Vamos a llamar a la policía, eso vamos a hacer.-
¿Enloqueciste?. ¿Llamar a la policía?. Pensás que nos van a creer cuando se enteren de lo que hay atrás de la muerte de mamá. No,no. Ya pensé en algo.-
¿Otra cosa Fernando?. ¡Tenemos a mamá muerta!. No hay otra cosa que pensar.-
Pero qué, le vas a ir con el cuentito de que nos equivocamos y esas pavadas. No nos van a creer, vamos a pasar nuestra vida en la cárcel.- Martín por un instante pensó en las palabras de su hermano, se pensó tras los barrotes de un calabozo, y la sola idea de verse tras las rejas le erizo los pelos del cuerpo.- Esto no puede salir de esta casa, tiene que quedar acá. Tenemos que enterrarla en el patio Martín.-
Martín ya no sabía que creer. Por una parte lo que dice Fernando no es descabellado, a lo sumo sería homicidio culposo, pero lo bastante culposo como para pasar largos años en la cárcel. Pero cavar una tumba en el patio para darle sepultura a su madre era siniestro, de lo más vil. Eso si, su madre no tenía más parientes que ellos, así que su ausencia no repercutiría demasiado, así también esto era buscar un justificativo a su futuro accionar, pero el miedo obra de maneras distintas, como distintas son las personas.
Suponiendo que acepte tu plan, como vamos a hacer pasar los casi 180 kilos muertos de mamá por la puerta.
La vamos a descuartizar.- dice Fernando muy convencido.
El disco solar se oculta tras el horizonte de techos de tejas, sumiendo el barrio en la oscura noche. Las palas suben y bajan, se hunden y salen llenas. Ya la madrugada ha avanzado franca y decidida, siendo las estrellas en sus movimientos celestiales testigos del afanoso trabajo de los hermanos.
Vamos a tener que cavar un foso muy profundo para que quepa mamá.- dice apesadumbrado Martín por la labor que esta realizando. Todavía no desmembraron el cadáver, faena que pospusieron para cuando estuviese listo el hoyo.
Si, como de unos tres metros. Que sea profundo para que no se remueva si cae una lluvia de mil demonios.- Fernando siente la duda de su hermano, lo siente dubitativo. Sabe que si no lo alienta o compra tácitamente su silencio, la lengua se le puede zafar en cualquier momento. ¿Qué vas a hacer con la plata Martín?. Con el millón que te toca.-
Eso es lo que menos me importa, no sé ni lo que estoy haciendo.-
Igual te toca la mitad de la herencia, como lo dispuso mamá. Esa plata es tuya, podes hacer lo que quieras.-
¿Y vos?. ¿Qué vas a hacer cuando la cobres?.-
¿Y con Carla qué va a pasar?. ¿La vas a dejar?.- lo interroga Martín mientras cava.
Si quiere venir conmigo voy a estar muy feliz, pero si no viene lo se lo voy a echar en cara. Ella tiene todo acá, no la voy obligar a que resigne su vida.-
Se va poner triste.-
Si, pobre Carla.- dice Fernando cariacontecido.
El pozo gana metros en vertical; dos montañas pequeñas se acumulan a los costados. Los hermanos son cautelosos, bisbisean para no advertir a ningún curioso que ande cerca.
Unos metros más y estará listo.- apunta Fernando, que ya se lo ve cansado y sudoroso.
¿No sentís culpa Fernando?.-
Si que siento culpa, pero no era mi intensión matarla. De verdad te lo digo. Quería aliviar su dolor, tantos años verla sufrir Martín, verla como se la comían por dentro. Como eso que era nuestra madre se iba, se desvanecía entre suplicios. Ver en esos ojos la suplica que nos hacía en silencio, porque su deber de madre no le permitía mostrarse débil ni menos pedir que le quitemos la vida. Pero yo vi más allá de esos ojos, vi el alma. Quería salir de ese cuerpo que no podía ofrecerle nada más, que la tenía atada a un mundo que ya no le pertenecía. Quizá si, quizá inconscientemente aumente la dosis y sin más merezca el castigo, pero no pueden ni podes llamar vida a eso, eso era un calvario, una derrota segura.-
Martín deja de palear para escuchar a su hermano atentamente, trata de descubrir un dejo de mentira en sus palabras, de simple excusa para lo ocurrido. Y se da cuenta que Fernando no miente, que lo que dice es sentido; piensa que hace cuanto que se debatía en estos meandros, pensando en la paz de su madre. Fernando el inexpresivo, el que muy pocas veces dejaba mostrar sus sentimientos, ahora abría su corazón con él. Lástima que haya tenido que ser en semejantes circunstancias, se dijo.
Es suficiente.- dijo Fernando.- Salgamos.-
Los dos trepan para salir del foso. Están llenos de tierra y con los músculos atrabancados del cansancio. Ahora falta la peor de las tareas, piensan con sincronismo psíquico.
Pueden entrar dos personas como mamá en semejante hoyo.- dice avergonzado Martín.
Fernando se asoma al borde para verlo en toda su extensión. Estira el cuello para ver el fondo, cuando el canto de la pala le da de lleno en la cabeza, con toda la fuerza de los brazos de Martín. El golpe seco le parte el cráneo y lo tumba de bruces dentro del foso, para caer todo despatarrado, ya muerto. Martín comienza a colocar la tierra en su lugar de origen con una pasmosa tranquilidad, palea y palea mientras cubre el cuerpo de su hermano asesinado. La verticalidad se invierte para volver al terreno llano otra vez.
domingo, 2 de octubre de 2011
Un corazón decente
Hoy si vas a hablar.-
Otra vez la misma historia. Ya te dije que no hay nada.-
No seas necio. Mira.-
El colectivo atiborrado de gente se sacudía como un enorme gusano. La gente con sus caras somnolientas trataban de no dormirse. Yo estaba sentado en uno de los primeros asientos luego de la puerta del centro y podía ver, entre huecos, quien subía. Pero ese Mira ya me anticipaba quien subía. Era ella.
Se toman siempre el mismo colectivo y a la misma hora. No podes darle todo el merito a la casualidad.- Me dijo con esa insistencia que lo caracteriza, y que a veces se saca de las casillas.
Pero la casualidad tiene una gran participación en todo esto, no es dos más dos cuatro, o el cálculo de la órbita de un planeta. Es la aleatoriedad, la entropía que le imprime el universo a nuestras vidas, contra lo que no se puede luchar.- Trate de herirlo en su punto débil.
Lástimas mi sentimientos exactos. Ya se que no es una suma matemática ni tampoco soy experto en relaciones amorosas. Pero no te justifiques tontamente, sabes muy bien que si ordenas algo, células en un tejido y tejido en órgano por ejemplo, se vence, en cierta medida, a las leyes de la termodinámica. Solo se te pide un gasto de energía para mantener ese orden, esa relación.-
El choque le dibujo a los autos una simetría austera, de colina erosionada por lluvias y vientos milenarios. Después de eso no me moví, ni hable, ni llore o volví a reír. Solo escuche.
Pero si utilizó mi energía puede que no llegue a nada, que solo se transforme en en otro tipo que ya a mi no me sirva. Sería malgastarla.- Replique con un cross de derecha al plexo solar. Pero su agilidad, a pesar de su edad, estaba entera.-
Todo es cambio de energía. De mecánica a calórica, de odio a amor, de tristeza a alegría y viceversa. Todo implica un riesgo a tomar. Equivocarse es extremadamente importante, errar es casi elemental. Nos dice que no somos infalibles, pero si que se puede mejorar. Solo dejaste de intentar.-
No tengo ganas ahora de intentar nada. Así que por favor, guarda silencio hasta que nos bajemos.- Lance la orden, a sabiendas que no sería cumplida.-
Y como en una cinta donde se ve pasar los productos del supermercado, la gente se fue moviendo a mi lado. Ya sea por los caprichos de la cinta de Moebius, donde uno empieza en un lado y acaba en el otro, o solo por el azaroso desplazar de la masa en el colectivo, me vi a los pies de la chica, a los pies de ella.
Por fin la suerte nos sonríe. Quizá si la simpática señora se baja, tendrás tu oportunidad.- Me dijo en esa vocecita entre libidinosa y jocosa.-
Basta. Es qué nunca te callas.- Lo reprendí tratando de darle a mi acento irritabilidad.- Además es seguro que no me va a dar ni la hora.-
¿Por qué esa baja de autoestima?.-
Primero: no soy su tipo. Ya que es elegante y esbelta, con un sentido de la estética muy bueno. Mira como se viste. Puede conseguir algo mejor que yo. Segundo: es lógico que busque otra cosa, es hermosa, parece que le va bien el la vida. No, yo no soy para ella.-
Muchos datos detectivescos, que primero habría que comprobar. Después, ya te dije lo de la lógica. La serie que planteas sobre sus cualidades bien podría ser verdad, pero esa es tu lógica que puede ser o no la lógica de ella; que necesariamente no pueden ser iguales. Es como una película sobre crímenes en serie, el policía puede coincidir con la lógica del asesino, como no. No es La lógica, si no UNA lógica. La regla que se aplica a la serie no lleva en si misma como debe aplicarse, puede haber otras igualmente validas.-
Solo oía las voces. La de mi mujer y mi hija. Y sus llantos. Era una especie de experiencia extra-corporea, era un espectador de mi propia muerte. Pensé que ya no me sumergiría más en las matemáticas, ni que daría clases en la facultad. Que sería un ente, una maceta que regarían todos los días sabiendo que no crecería, que inexorablemente se secaría. Luego mi mujer firmo los papeles y creo que morí. O algo así. Lo último que escuche fue, Te amo Juan.
La señora me toco suavemente el codo para pedirme permiso, y se bajo. Y el lugar vacío debía ahora ocuparse. Y se ocupo. Ella se sentó a mi lado, para que su perfume me invadiera las fosas nasales.Me palpe el pecho y ahí estaba. Esa serpiente que me recorría todo el esternón, que viboreaba con la fuerza que solo tiene las cicatrices para rememorar. Lo sentí latir loco, afanado en sus contracciones cada vez más rápidas. Y pensar que fue un corazón de un matemático, un corazón acostumbrado a los teoremas, a los números finitos y primos, a la geometría de Euclides, esa que no tiene fisuras, de triángulos con vértices indisolubles. Pero este si las tenía. Por doquier. Juan, ese era su nombre me dijo cuando lo escuche como un eco en mi cabeza. Juan, el matemático.
No sé por qué me deje llevar, por qué le obedecí. Sea por lo que fuere, esboce unas palabras a la muchacha con la lengua acalambrada por la timidez. Sentí palidecer cuando me escuche, un tonto soy me dije, lo arruine me lamente. La mire un poco de soslayo con el miedo de encontrar un gesto de desaprobación, o peor aún, de rechazo. Pero su boca marco el compás de una sonrisa, y en sus ojos vi un brillo que me animo a seguir.
No quiero vanagloriarme, pero, te lo dije.- Me dijo Juan divertido.
Otra vez la misma historia. Ya te dije que no hay nada.-
No seas necio. Mira.-
El colectivo atiborrado de gente se sacudía como un enorme gusano. La gente con sus caras somnolientas trataban de no dormirse. Yo estaba sentado en uno de los primeros asientos luego de la puerta del centro y podía ver, entre huecos, quien subía. Pero ese Mira ya me anticipaba quien subía. Era ella.
Se toman siempre el mismo colectivo y a la misma hora. No podes darle todo el merito a la casualidad.- Me dijo con esa insistencia que lo caracteriza, y que a veces se saca de las casillas.
Pero la casualidad tiene una gran participación en todo esto, no es dos más dos cuatro, o el cálculo de la órbita de un planeta. Es la aleatoriedad, la entropía que le imprime el universo a nuestras vidas, contra lo que no se puede luchar.- Trate de herirlo en su punto débil.
Lástimas mi sentimientos exactos. Ya se que no es una suma matemática ni tampoco soy experto en relaciones amorosas. Pero no te justifiques tontamente, sabes muy bien que si ordenas algo, células en un tejido y tejido en órgano por ejemplo, se vence, en cierta medida, a las leyes de la termodinámica. Solo se te pide un gasto de energía para mantener ese orden, esa relación.-
El choque le dibujo a los autos una simetría austera, de colina erosionada por lluvias y vientos milenarios. Después de eso no me moví, ni hable, ni llore o volví a reír. Solo escuche.
Pero si utilizó mi energía puede que no llegue a nada, que solo se transforme en en otro tipo que ya a mi no me sirva. Sería malgastarla.- Replique con un cross de derecha al plexo solar. Pero su agilidad, a pesar de su edad, estaba entera.-
Todo es cambio de energía. De mecánica a calórica, de odio a amor, de tristeza a alegría y viceversa. Todo implica un riesgo a tomar. Equivocarse es extremadamente importante, errar es casi elemental. Nos dice que no somos infalibles, pero si que se puede mejorar. Solo dejaste de intentar.-
No tengo ganas ahora de intentar nada. Así que por favor, guarda silencio hasta que nos bajemos.- Lance la orden, a sabiendas que no sería cumplida.-
Y como en una cinta donde se ve pasar los productos del supermercado, la gente se fue moviendo a mi lado. Ya sea por los caprichos de la cinta de Moebius, donde uno empieza en un lado y acaba en el otro, o solo por el azaroso desplazar de la masa en el colectivo, me vi a los pies de la chica, a los pies de ella.
Por fin la suerte nos sonríe. Quizá si la simpática señora se baja, tendrás tu oportunidad.- Me dijo en esa vocecita entre libidinosa y jocosa.-
Basta. Es qué nunca te callas.- Lo reprendí tratando de darle a mi acento irritabilidad.- Además es seguro que no me va a dar ni la hora.-
¿Por qué esa baja de autoestima?.-
Primero: no soy su tipo. Ya que es elegante y esbelta, con un sentido de la estética muy bueno. Mira como se viste. Puede conseguir algo mejor que yo. Segundo: es lógico que busque otra cosa, es hermosa, parece que le va bien el la vida. No, yo no soy para ella.-
Muchos datos detectivescos, que primero habría que comprobar. Después, ya te dije lo de la lógica. La serie que planteas sobre sus cualidades bien podría ser verdad, pero esa es tu lógica que puede ser o no la lógica de ella; que necesariamente no pueden ser iguales. Es como una película sobre crímenes en serie, el policía puede coincidir con la lógica del asesino, como no. No es La lógica, si no UNA lógica. La regla que se aplica a la serie no lleva en si misma como debe aplicarse, puede haber otras igualmente validas.-
Solo oía las voces. La de mi mujer y mi hija. Y sus llantos. Era una especie de experiencia extra-corporea, era un espectador de mi propia muerte. Pensé que ya no me sumergiría más en las matemáticas, ni que daría clases en la facultad. Que sería un ente, una maceta que regarían todos los días sabiendo que no crecería, que inexorablemente se secaría. Luego mi mujer firmo los papeles y creo que morí. O algo así. Lo último que escuche fue, Te amo Juan.
La señora me toco suavemente el codo para pedirme permiso, y se bajo. Y el lugar vacío debía ahora ocuparse. Y se ocupo. Ella se sentó a mi lado, para que su perfume me invadiera las fosas nasales.Me palpe el pecho y ahí estaba. Esa serpiente que me recorría todo el esternón, que viboreaba con la fuerza que solo tiene las cicatrices para rememorar. Lo sentí latir loco, afanado en sus contracciones cada vez más rápidas. Y pensar que fue un corazón de un matemático, un corazón acostumbrado a los teoremas, a los números finitos y primos, a la geometría de Euclides, esa que no tiene fisuras, de triángulos con vértices indisolubles. Pero este si las tenía. Por doquier. Juan, ese era su nombre me dijo cuando lo escuche como un eco en mi cabeza. Juan, el matemático.
No sé por qué me deje llevar, por qué le obedecí. Sea por lo que fuere, esboce unas palabras a la muchacha con la lengua acalambrada por la timidez. Sentí palidecer cuando me escuche, un tonto soy me dije, lo arruine me lamente. La mire un poco de soslayo con el miedo de encontrar un gesto de desaprobación, o peor aún, de rechazo. Pero su boca marco el compás de una sonrisa, y en sus ojos vi un brillo que me animo a seguir.
No quiero vanagloriarme, pero, te lo dije.- Me dijo Juan divertido.
miércoles, 28 de septiembre de 2011
Sobra la ropa
Era un día templado, no hacía demasiado calor como para sentirlo en la calle, entre esa masa de gente que generalmente transita las avenidas de la capital. Era temprano e iba a la facultad de medicina, a cursar patología. Era mi tercer año en la carrera. La verdad no tenía muchas ganas de ir, pero trataba de no faltar sin motivos, y tampoco quería perderme la clase. Tome Uriburu y enfile directo para la facultad. No note en un primer momento los objetos a mi pies, procure no pisarlos, primero un celular, luego una billetera, cavilando muchas cosas, pero en especial pensando en Yamila. Cosa extraña me llamo la atención un pantalón que colgaba de una pequeña reja que hacía las veces de perímetro de un arbusto, lo mire y al levantar la vista el cuerpo desnudo de un muchacho me sorprendió. Pensé que no había tomado su medicación, quizá un paciente psiquiátrico que se olvido sus pastillas. Y así siguió, como si al desprenderse de sus ropas se le hubiera caído también el pudor y la vergüenza, caminando en plena calle bajo la atenta mirada de los transeúntes. Proseguí mi camino tratando de olvidar la imagen pero la biomecánica ya atacaba a la ropa. Como un espectáculo de exhibicionismo masivo o el entretelón de una película pornográfica las ropas volaban por los aires. Pantalones por aquí, blusas y camisas por allá. Y en el jardín del Edén donde las políticas de la no-vestimenta de Adán y Eva se reivindicaban y volvían a tener vigencia, quede atónito ante tanta desnudez junta.
Me resolví por no concurrir a la clase, pensando que mis sentidos se verían aturdidos por los cuerpos a flor de piel y los restos cadavéricos en formol. Y retome mi ruta otra vez para mi casa. Mientras esquivaba las pieles de extraños dilucide varias teorías. Una era que probablemente fuera un atentado, una especie de químico que alteraba sus sinapsis cerebrales y los hacía perder esa costumbre milenaria de taparnos nuestra anatomía. Pero, ¿qué clase de terroristas hacen algo así?. Es más accionar de unos fundamentalistas de las bromas pesadas. Otra idea era que esto era una epidemia o pandemia, no sabía si ocurría en otras partes del mundo. Quizá un virus o bacteria guardado en la tumba de Afrodita salió de ella o de los antiguos libros de mitología griega y hacía de las suyas en nuestros organismos. Bueno, en el mio no, debería de tener algún tipo de inmunidad ante ellos. O todo esto era obra de Venus, que cansada de la frialdad y rigidez de los dioses del Olimpo poseyó esos cuerpos para divertirse un rato. Sea como sea, en esa anormalidad que me rodeaba, me sentía un anormal con mi atuendo. Desubicado. Extraño.
Llegue al edificio, y por supuesto, todos estaban desnudos. No tome el ascensor por más que me decían que sobraba lugar para uno más, creo que dije que prefería subir las escaleras, que no eran muchos pisos, que le venía bien a mi sistema cardiovascular, que aumentaba mi colesterol bueno, o algo así para salir del paso. Subí presuroso y en el vano de la puerta me encontré con Yamila. Me dijo que me traía unos apuntes que le había prestado, que se vio sorprendida por lo que pasaba afuera. Le comente mi asombro, y mis teorías también. Y mientras hablábamos, me dije que si la hubiera encontrado desnuda no hubiera sabido que hacer, me habría desmayado calculo. Tonteras de la timidez congénita que padezco. Que verla así me dejaba intuir las forma de sus curvas; de ese cuello grácil que asomaba por el hueco donde no se abotonaba la camisa, de la figura que se dibujaba en el jean de sus piernas, de su palpable cintura, me llevaba a apreciarla más. Le dije que si quería pasar, y ella contesto un si, que no quería salir, que si esperaba quizá se volvieran a vestir. Y las horas pasaron mientras charlábamos de muchos temas, para que llegara la hora de la cena y los estómagos reclamaban su faena de todos los días. Ella súbitamente se postulo como cocinera, pero me negué con la excusa de que era mi invitada y sin sonrojarme me pinte como un excelso chef. Acepto entre risitas, mientras en la cocina desplegaba el poco arte culinario que sabía. Tome el único vino tinto que tenía, sobreviviente de algún cumpleaños y lo vertí en dos copas. Lo degustamos entre sorbos y comentarios varios, despreocupándonos poco a poco de la epidemia o lo que fuera que sucedía fuera del departamento. Sea por el tinto que enfervorecía nuestra sangre virgen de alcohol, o la falla de las defensas inmunológicas, nos vimos presas de nuestros instintos más primitivos. Probé sus labios y sabían frutales y un poco amargos; baje por su cuello y puedo jurar que sentí en mi boca los latidos cada vez más embravecidos de su arteria latente. La acaricie debajo de la ropa para sentir su piel tersa, suave y tibia con la yema de mis dedos, como su cuerpo trémulo se agitaba y se pegaba al mío. Desabotone su camisa con mis manos un poco díscolas, y después como si una fuerza repulsiva o magnética tirará de nuestras ropas, cayeron al suelo con la inexorable fuerza de la gravedad. La lleve hasta mi cama, y lo que tenía que pasar paso una vez, otra vez y una vez más.
Los gritos al alba en la calle me sacaron del sueño. La gente se horrorizaba de la desnudez de los demás y de la suya en el reflejo de una vidriera. Ha decir verdad mucho no me intereso; abrace la cintura de Yamila que solo se cubría con las sabanas y apoye mi pecho desnudo sobre su desnuda espalda.
jueves, 1 de septiembre de 2011
A veces navego entre la decepción y el pesimismo cuando veo a mis congéneres contaminar el medio ambiente sin más contemplación que la ver como el planeta se vuelve un desierto sin sentido; cuando se acuñan guerras por petróleo y en nombre de la democracia se bombardean colegios y hospitales con miles de civiles que llegan las crónicas rojas de la sección internacional de los diarios; cuando para llenarse los bolsillos esclavizan a sus hermanos y hermanas en talleres clandestinos y prostíbulos de mala muerte; cuando pasa todo esto y más siento que la afirmación de Thomas Hobbes es cierta, y es peor de lo que quizás imagino el mismo Hobbes: El hombre es el lobo del hombre.
Y ese más ahora es la muerte atroz de una nena de once años en Villa Tesei. Y como todo suceso que toma magnificencia en los medios, reabre o reflota discusiones que parecían olvidadas, o por lo menos latentes. En este caso es la de cómo debe juzgarse semejante crimen, mejor dicho como debe castigarse. Ha vuelto en las bocas de la gente indignadas y furiosas (y con toda justicia) la pena de muerte. Sin duda, y quiero dejarlo bien en claro, los culpables deben ser castigados con todo el peso de la ley, el Estado debe ser garante de que las leyes sean aplicadas de la mejor manera y hasta las últimas consecuencias, no pueden ni deben quedar impunes estos asesinos. Si esto último implica cambiar las leyes y endurecer las penas, que así sea, eso será materia de personas más entendidas y capacitadas que yo, solo levanto mi voz como ciudadano que quiere que las cosas cambien. Pero la pena de muerte no entra en mis soluciones. No contemplo la venganza como camino hacia un lugar mejor. Ya sé lo que dirán (si es que alguien me lee, lo que me pondría contento) mis detractores, "Que no sé lo que se siente perder un hijo", "Que tengo que ponerme en su lugar", etc. Si, lo sé. Es casi imposible ponerse en eso zapatos, sentir ese dolor, esa angustia, y quizás si, quizás sienta odio y quisiera matarlos, que sientan el dolor supremo. Pero la ley del Talion no funciona, pagar un ojo con otro ojo, un diente con un diente, sangre con sangre debieron funcionar en tiempos bíblicos, pero que clase de ser sería si mato a otra persona; yo creo que un asesino. El fuego es fuego en tiempos bíblicos y ahora. Sería eso que tanto repudio, eso que tanta bronca me da, o peor, sería menos que ellos: si, se puede llegar más bajo, si algo demostró el ser humano es que se puede llegar más bajo. Qué clase de médico sería, cuando mi función por sobre todas las cosas es preserva la vida humana. Qué va a ocurrir cuando se mate al primer inocente. Esto ya paso: según Richard Dietes que es director del Centro de Información sobre la Pena de Muerte en Estados Unidos y autor del informe Inocencia y Pena de Muerte: el peligro de ejecutar a inocentes, de cada seis personas que han ejecutado en los últimos 20 años descubrieron que una es completamente inocente. ¿Se volvería el tiempo atrás?. Del asesinato de una nena inocente no se puede volver, que esos enfermos no tiene perdón es inobjetable y no admite otra lectura, pero de la pena de muerte creo que tampoco se tiene retorno, que el Estado legitime la venganza será otra forma de menoscabar nuestra ya sociedad vapuleada por la inseguridad.
Desde ya todo lo anterior escrito es mi opinión, opinión de un muchacho que últimamente tiene la necesidad de escribirlo todo. No me embandero en nombre de nadie, solo respondo por mí. Si tengo la fortuna de ser leído, y mi lector no comparte lo antes dicho, que manifieste su disconformismo, siempre en un marco educado y de respeto.Y si amerita una discusión, bienvenida sea.
Y sin más, parafraseare a un gran filósofo alemán: Digo mi palabra y me rompo.
sábado, 13 de agosto de 2011
La literatura y yo II
Desde ahí leo casi todos los días, sin pausa, termino un libro y comienzo otro. En algunos encuentro respuestas, en otros solo agrego más dudas a las que ya tengo. Pero creo que eso es la vida, la mayoría de las veces es entropía, desorden y en ese caos encuentro paz en las hojas, otras veces solo tormentas. La literatura me sirve para huir, para desconectarme, para informarme, para viajar, para soñar, para reír, para llorar, para encolerizarme, para sobrevivir, para luchar, para odiar, para amar, para enemistarme, para discutir, para escribir, para hablar, para pensar, para reflexionar, para creer, para descreer, para vivir, para existir, pero siempre, siempre es un placer leer un buen libro y espero que un día pueda también escribirlos. Algún día.
domingo, 31 de julio de 2011
La literatura y yo
En estos ejercicios que a veces me propongo (rústicos de mi parte) de tratar de escribir algo meramente pasable, entre cuentos mal hechos por ahora, hoy haré hincapié en hablar sobre mí. Como si tuviera (no la tengo para nada)cierto talento e importancia, me pondré bajo el microscopio. Decidí comenzar por la literatura, ya que de las cosas que me causan pasión, se posiciona en los primeros puestos.Empecé a leer a eso de los quince años, cuando por iniciativa propia tome de la pequeña e incompleta biblioteca de mi casa, Cuando comen los leones de Wilbur Smith. Y cuando me sumergi en esos paisajes coloniales de fin de siglo diecinueve, de una áfrica que se debatía entre ambientes indómitos, salvajes y el avanze casi voraz del progreso, ya no me despege de los libros. De ese mismo autor he leido casi todos sus libros, primero como socio de una biblioteca de barrio, de humedad en las paredes y libros herrumbrosos, pero de un tesoro incalculable. Luego mi mamá comenzo a comprarme libros que algunos diarios traían, y en esos años conocí a Adolfio Bioy Casares y Jorge Luis Borges. Me tope con el Sueño de los Héroes, a mi entender la mejor novela de Bioy Casares, me perdí en esos paisajes cotidianos y habituales, pero no por eso cargados de misticismos, de fantasía, sumergidos en un realimos mágico que me cautivo. Y así seguí con las otras novelas, Dormir al Sol, El Diario de la Guerra del Cerdo, La invención de Morel,como así también sus cuentos. Me atreví, inexperto, a incursionar en Borges. Debo admitir, en contra de mi orgullo, que la mayoría de lo que leí de Borges se me escapo por los bordes laxos de mi entendimiento crítico y literario, que eran embrionarios por así decirlo para esa época. Pero a pesar de eso recuerdo algunos cuentos de El Aleph, como la Casa de Asterión, o relatos de Historia Universal de la Infamia, o cuentos policiales como la Brújula y la Muerte. Me he propuesto, a como sea lugar, retomar todo lo de Borges, porque creo, y ahí se va un poco de mi humildad, estar un poco más curtido para su lectura. Continuará...
domingo, 5 de junio de 2011
De amores e invierno
Según un estudio realizado en la Facultad de Ciencias de Suecia, en una ardua y dedicada labor, se llego a la conclusión de que el cuerpo humano es el mejor emisor de calor para otro cuerpo que escasea del mismo. En dicho estudio se tomo 3.000 voluntarios de ambos sexos, dividiéndolos en dos grupos. El primer grupo fue introducido en una cámara que en su interior se había llevado la temperatura ambiente a unos 5 grados, en donde eran monitoreados por medio equipos especiales, registrando la disminución de su temperatura corporal. Como es de esperarse, casi se mueren de frío (obviamente no se los llevaba al riesgo de padecer hipotermia). Cuando los científicos llevan a la condición esperada se los hacía salir, para encontrarse con el segundo grupo. Este último también estaba en paños menores, pero a una temperatura templado, normal. Entonces de les pedía que se abracen en un lapsus de tiempo, y allí los investigadores observaron que casi el 75% de los que salían de la cámara de frío y que recibía el abrazo recuperaba su temperatura normal, también se vio la desaparición o disminución de las contracciones musculares esporádicas (el tiritar de frío).
Y mientras leía el artículo no puede dejar de pensar en que ya a llegado el invierno a estas latitudes, y parece que va a ser intenso. Por eso pensé que podríamos poner en práctica este experimento, o verdad empírica si quieren. De sentir el cuerpo amado, o el no amado, el momentáneo, el de una/s noche/s. De apagar la estufa, y de paso ahorrar gas, esa llama del quemador encerrado en acero, para cambiar por la otra, la de las sabanas, o si les gusta otro habitáculo, es indiferente. Quizás estén solos, es muy factible que esto suceda.Por hay la memoria emotiva los ayude. Sea como sea, del modo que dispongan. ya sea la fisonomía palpable, cálida, o la imagen que resurge de antaño, sepan que el invierno es largo. Y sepan, de paso, que nadie muere por dar un abrazo.
viernes, 27 de mayo de 2011
El traidor
El amanecer desgarra con estiletes púrpuras la noche que ya muere. Las estrellas se borran del cielo y la luna se pierde, opaca, en el firmamento celeste. La llanura pampeana se extiende más allá de lo que alcanza la vista, solo interrumpida por las figuras de las tiendas de campaña que se recortan contra el horizonte. La luz diáfana del sol arranca destellos a la escarcha asentada en el pastizal, que cruje bajo las botas de los soldados que se preparan para el largo día en el campo de batalla. Las caras somnolientas se contraen ante la brisa fría de las primeras horas, y sus cuerpos buscan el calor de las pequeñas fogatas que crepitan la madera que se quema.
A lo lejos los hombres perciben el sonido característico del galope, constante, un poco forzado. Las miradas se desvían al unísono hacia la misma dirección, esperando la llegada. El jinete y su caballo emergen de la loma, para ingresar al campamento. El caballo, cansado, despide espuma por la boca, y su pecho sube y baja rítmica y rápidamente. El jinete ojeroso salta, y toma de su saco un pequeño sobre, ¿ Dónde esta el capitán?, pregunta con voz ronca.
- El capitán esta en su tienda.- Le dice un soldado de tez morena y pelo crespo.
- Me lo manda a buscar, tengo un mensaje que entregarle.
El Capitán Jiménez emerge con semblante tranquilo de su tienda de campaña. Esta enfundado en su uniforme habitual, impecable, sin arrugas. Las insignias le resaltan de los hombros, honores propios de su rango. Es más bien moreno, de rasgos angulosos y nariz aguileña. Tiene el pelo un poco crecido, desprolijo para su gusto. El sable que pende de la cintura le da otro aire, otra presencia.
- ¿Qué pasa soldado?.- Pregunta el capitán Jiménez impaciente.
- Tengo una carta para usted capitán. Son ordenes del general Roca.- Le entrega el sobre lacrado con las instrucciones.
- Bueno.- dice mirando al mensajero, que esta harapiento y famélico.- Soldado Aguirre dele a este hombre algo de comer y un lugar para dormir. Debe de estar cansado. Y mande a alguien para que atienda a su caballo.- ordena con voz fuerte, decidida, voz que no omite quejas.
Luego de impartir más ordenes a su tropa, se retira a leer la carta. Al romper el sello de cera piensa que no es habitual que un general utilice el sistema de mensajeros si no es por alguna causa que mereciera cierta importancia, o acción que debiera ser ejecutada de inmediato y sin chistar. El texto es corto, las palabras, justas. Lo lee dos, tres veces, para verificar lo que dice. Sin más sobresaltos, llama a su teniente primero para coordinar las acciones.
- Teniente Candia tenemos ordenes directas del general Roca de fusilar a todos los prisioneros que tengamos bajo nuestro poder. Quiero que a media mañana usted y dos hombres estén listos.
- Si señor, como usted ordene. Solo tenemos un problema mi capitán. Las municiones escasean y son bastantes prisioneros.
- Es cierto. Bueno esto es lo que haremos. Solo seremos usted, un soldado más y yo.
- ¿ Va a participar Capitán?.- pregunta el teniente Candia, con miedo de que haya sido un poco impertinente.
- Si. Tengo más balas de reserva que las tropas. Eso es todo teniente, ya puede retirarse.
La pequeña brasa del cigarro se enciende intermitentemente en la boca del Capitán Jiménez, mientras este mira con atención a la masa de prisioneros que se aglomeran a poco metros. Son indios hasta el tuétano vestidos con sus ropas típicas. Pensar que cuando se los encontraron hace unos días, en esos llamados malones, eran fieras desbocadas, galopando a todo raudal hacia ellos. Blandían sus boleadoras y cuchillos al cielo que los observaba con temor, esperando el choque de aceros y el olor a pólvora penetrante. Fue una batalla corta, pero cruenta. Cruenta para los indios. Casi todos habían caído en combate, menos estos cinco que observaba calladamente. Ahora se los veía cabizbajos, totalmente derrotados. Los oía murmurar en una lengua que le era conocida, propia para su malestar. Y por un momento el capitán se vio a avanzando hacia ellos, sin saber porque se encamino a su encuentro. Quizás, se dijo para sus adentros, es el honor cultivado en tantos años de carrera militar, ese honor que le hacia ver en su enemigo vencido, un guerrero como el, a un par, y como tal digno de respeto.
Los indios lo miraron de pies a cabeza, y en sus ojos el Capitán Jiménez vio el resentimiento y odio a su persona. Con la frente bien alta y en la boca una mueca cerrada, lo miraron sin pestañar.
- ¿ Alguno fuma?.- Pregunto el Capitán.
Por unos segundos nadie responde. Todos callados le clavan las miradas filosas, como si en cualquier momento fueran a saltarle a la yugular.
- Yo fumo.- dijo el más apartado. Se paro, y su estatura parecía duplicar la de Jiménez. En su cara de piel curtida por largas horas al sol y viento del desierto pampeano, no se movió un músculo. Este se le acerco y como tenía las manos atadas por la espalda, el capitán le coloco el cigarro en la boca y lo prendió. El humo gris le dio un aire etéreo a su rostro, que lo tiño de rasgos místicos.- Gracias capitán. ¿Puedo hacerle una pregunta?.
- Si, como no.
- ¿De donde es usted?.
- De una finca, a las afueras de Buenos Aires, que esta dedicada a la ganadería.
- Es un hombre de campo, conocedor de la pampa. Se me hace usted conocido. ¿Nos hemos visto anteriormente?.- pregunta el indio con un gesto que dibuja malicia.
- No, no lo creo. Me debe estar confundiendo con otro. Nos conocemos solo a partir de ayer.
- Puede ser que mi mente lo confunda con otro. Quizás sean sus rasgos un poco indios lo que me jueguen una mala pasada.
- Mi madre era india. Soy lo que se dice un mestizo. Quizás sea eso.
- Ahora que lo dice, si. ¿Conoce la lengua que hablamos?. Pienso que si.
- Si, a la perfección, la hablaba siempre con mi madre.- Omitiendo decir que todavía hoy la seguía hablando, que por eso lo enviaron en los regimientos de avanzada, para que pudiera comunicarse con los nativos. Para que sea el portador de la voz de la civilización.
- Espero que no le moleste entonces que dialoguemos por medio de ella, es que no me siento muy cómodo en el castellano.
- Por favor, no es molestia.- accede fácilmente el Capitán Jiménez.
Y el idioma gutural se escapa de la garganta del cacique. Hermético en sus sonidos fuertes, es indescifrable para oídos inexpertos, que fluye como el viento y rompe como las olas en los bordes de los acantilados.
- Antes de de que comience esta conquista o exterminio, si capitán, no se crispe, sabe que es un exterminio, yo recorría esta tierra con la mayor de las libertades. Cazaba con mis boleadoras y dormía bajo las estrellas sin más preocupación que el interrogante de lo que comería al otro día. Luego los largos e interminables tramos de tierra salvaje se fueron alambrando, y esta última se fue achicando.
- Pero todo esto es para formar una patria grande, para que este país crezca en base a su gran potencial ganadero y agricultor.- interrumpe el capitán con aire de orgullo.
- Ese es con el cuento que le hicieron creer a usted. Pero por lo que vio hasta ahora, ¿le parece cierto?. Qué clase de país que aspira a la civilización, que tiene como meta el progreso de la nación, comete los crímenes que comete. Se me hace capitán de usted una persona inteligente, no, lo creo con certeza. ¿Se cree esas patrañas?.
- No importa lo que yo crea o no crea. Solo soy un soldado que cumple ordenes, y que es fiel a su patria.
- ¿ Cuál es su patria capitán?. ¿Qué patria cree que defiende con su sangre?. ¿Qué le prometieron por la victoria?. ¿Unos cuantos metros de tierra para su retiro?. Sabe, si, se que lo sabe bien, que las tierras ya están divididas de antemano. Mucho antes de que sus caballos dieran sus primeros pasos hasta aquí. Pero no se sorprenda capitán, se que lo sabe. Sabe que las familias más ricas de Buenos Aires ya estamparon su nombre en el mapa, y los bancos británicos hicieron lo suyo también.- da una larga pitada con ademanes teatrales, mientras busca los ojos del capitán Jiménez, que le son esquivos, esos ojos que hace un momento tenían un brillo de orgullo y honor.- ¿ Sabe para quién pelea capitán?.
La voz del Teniente Candia rompe el aura de encantamiento que rodea al grupo de hombres, devolviéndolos a la realidad.
- Señor ya esta todo listo.
El Capitán Jiménez se pone de pie sin decir palabra, para girar sobre sus talones y dirigirse a su tienda. No quiere voltear, no quiere ver la cara de los hombres que van a morir.
La hilera de hombres permanece inmóvil, como si estuvieran estacados a la tierra que pisan. La hilera de fusiles que los enfrenta, el Teniente Candia, un soldado y el Capitán Jiménez, este último con su revolver, esperan la orden para disparar. El Capitán Jiménez alza su revolver que reluce a los rayos del sol, imitado por los demás. La mira del revolver se posa sobre el corazón del hombre que fuma de una forma tan extraña, del indio, de la barbarie. La voz se le hace ronca y siente que de ella no saldrá nada, solo aire. Aprieta el mango del revolver hasta que sus nudillos parecen desgarrar la piel que los cubre. Cierra los ojos; da la orden.
La humareda que despiden las bocas de los fusiles pone un muro delante de ellos, que se asienta por unos segundos. El leve viento que sopla se lleva de a poco esa pared blanca, de olor a pólvora. Y para sorpresa se los verdugos, un hombre queda de pie. El hombre de fumar extraño,que mira al Capitán Jiménez, que lo ve quieto con el brazo en noventa grados; ve que la maquinaria del arma no se ha accionado, dedo, gatillo, martillo, casquillo y disparo, con el final caliente en suspenso.
Luego, el disparo de un fusil, repentino, le perfora el pecho y lo tumba de bruces al suelo.
jueves, 24 de marzo de 2011
Hace 35 años, un 24 de marzo, comenzaban sobre la Argentina los peores años de plomo que conoció su historia. Con el pretexto de defender al pueblo de una inminente invasión comunista, de acabar con la corrupción e inflación del gobierno peronista, se implantaron en el poder por medio de un golpe militar las fuerzas armadas. Las mismas se dieron el nombre de Junta Militar, que estaba integrada por el general Jorge Rafael Videla, el almirante Emilio Eduardo Massera y el brigadier Orlando Ramón Agosti. Su principal objetivo, deduzco humildemente, era confundirse con la eternidad, de perpetuarse en el poder como reyes monárquicos de siglos pasados, y para llevarlo a cabo debían destruir toda semilla de revolución, de pensamiento crítico y cívico; para ello utilizaron al Estado como máquina del terror, una especie de inquisición con varios Torquemadas.
Según datos oficiales en el país funcionaban 520 centros clandestinos de detención, 95 en Gran Buenos Aires y 45 en Capital Federal, donde eran llevados los que eran privados ilegítimamente de su libertad, sindicalistas, trabajadores sociales, estudiantes, periodistas, gente que tenía barba tupida o leía a Marx. Allí se torturaba, se picaneaba, se violaba, se trataba de igualar con su miseria y bajeza a los detenidos. Se robaron bebes, y se les robo también su identidad, para hacerlos vivir una farsa teatral siniestra de una vida que no era y, para algunos, no es la suya. Se arrojo gente en los viles “vuelos de la muerte”, donde detenidos aún con vida eran lanzados a los abismo del mar. Todo esto y más sucedió en esa larga noche que duró 7 largos años, pero en lo que no hay que olvidar es que estos monstruos eran el instrumento de otros intereses, títeres de manos siniestras.
Esta noche en realidad comenzó a gestarse años antes, cuando la triple A de López Rega ya impartía terror a la población argentina. Por más que se propusieron huelgas y López Rega tuvo que renunciar e irse del país (aunque luego volvió), el camino ya estaba allanado. El establishment nacional e internacional debía infectar el cono sur latinoamericano con el neoliberalismo, y para ello debía tomar el poder y destruir al Estado Benefactor argentino. Para eso utilizo a los militares para asaltar el estado, y ponerle, si se quiere, nombre y apellido al nuevo plan económico, José Alfredo Martínez de Hoz. Desde que asumió como ministro de economía, Martínez de Hoz instalo un modelo económico liberal que vomito pobres y más pobres fuera del sistema, que hizo a los pobres mucho más, que privatizo y rifo las industrias nacionales, que destrozo todo vestigio de motor productivo en el país, que le llevo a hacer acuerdos impuros con empresas nacionales y trasnacionales con aprietes, extorsiones y hasta asesinatos de por medio.
Y también los titiriteros debían eliminar todo rastro de lucha sindical, de lucha por los derechos que tan justamente se había ganado los trabajadores; debían borrar toda ideología patológica que produjera escozor en las masas dominadas, para eso barrieron las universidades, las escuelas, los diarios, muchos fueron perseguidos, muchos se exiliaron y dieron testimonio en la periferia. Otros murieron por defender eso que creían, eso por lo que vivían y por lo que luchaban. Se me ocurren dos nombres, entre tantos que hay, de Francisco Paco Urondo y Rodolfo Walsh. Paco Urundo y Walsh dieron todo lo que tenían para contraponerse a las fuerzas amenazantes, su enorme coraje los llevo a pasar a ser fantasmas, clandestinos en su propia tierra. Urondo murió acribillado en una ruta en Mendoza, emboscado por una patrulla y muerto a tiros; Walsh fue secuestrado el 25 de marzo de 1977 un día después de emitir su carta a la Junta Militar, y ya nada más se supo de él.
Así fuimos despedazados, vaciados, y el transcurso del tiempo daba a entender que la impunidad, la obediencia debida y el punto final eran sempiternos, de continuarse en el tiempo, sin un final posible. Aunque la justicia es excesivamente lenta, demasiado, con unos engranajes oxidados y chirriantes, como un reloj viejo, sigue funcionando, ¿cómo?, ¿por qué? Primero hubo unas pocas señoras, solas, tratadas de locas, que marchaban todos los días, sin descanso, sin miedo, por la aparición de sus hijos; luego se sumaron otras, y otras. Y el grupo se engrosó. Y, ya como detectives, fueron juntando migajas, piezas de rompecabezas pequeñísimas, de unirlas y darle un sentido, un significado. Fueron manteniendo el reloj, que casi se apaga, a fuerza de coraje y perseverancia. Hasta que, luego de la disolución de la cortina de plomo, ese reloj comenzó a dar la hora, la hora tan esperada para algunos, la hora que nunca pensaron que iba a llegar, para otros. Con todos sus avatares, idas y venidas, el reloj siguió (y sigue funcionando), y son pruebas fehacientes que en el año 2010, se hayan dictado tantas sentencias. El año de los derechos humanos. Para dar números concretos: 200 personas son condenadas desde el retorno de la democracia; 40 de estas condenas se encuentran firmes; 32 personas fueron condenadas por apropiación de niños; 9 personas entre las juzgadas luego de la anulación de las leyes de punto final y obediencia debida cuentan con sentencia firme; 820 son los procesados en todo el país por crímenes cometidos durante el terrorismo de Estado; 400 ya tienen al menos una causa en etapa de juicio (próximamente serán sometidos a juicio oral); 19 juicios orales terminaron en 2010; 110 represores fueron condenados y nueve acusados fueron absueltos en 2010; 8 juicios orales se están desarrollando actualmente; 5 juicios están en trámite por el antiguo procedimiento escrito; 7 nuevas causas tienen fecha de debate cierta para este año (fuente: Unidad Fiscal de Coordinación y Seguimiento de causas por violación a los Derechos Humanos durante el terrorismo de Estado.). Es verdad que todavía falta mucho, es un largo camino, pero todo esto será perno y clavija para nuevas políticas futuras, para marcar tendencia, un surco, un camino del que no se saldrá para chocar con la banquina, para vislumbrar un horizonte esperanzador.
Sin más palabras, o con el agotamiento de mis virtudes literarias, dejo este simple testimonio mezcla de pensamientos, convicciones y sentimientos, de la mejor forma que pude. Perdón si no tiene un rigor ni forma literaria, pero es un acto espontáneo y como tal tiene sus imperfecciones. Espero que sirva para quien lo lea como una iniciación al tema, como introducción, un exordio modesto; y para quien ya esta sumergido, que sepa que tiene otro compañero. Y como dice Eduardo Galeano en su hermoso libro Las venas abiertas de América Latinas, relato triste de las peripecias de América Latina, que todo acto de destrucción en la historia de los hombres, encuentra como respuesta, tarde o temprano, un acto de creación. Que la ejercitación de la memoria sea nuestro acto de creación, para que lo que paso, no vuelva a ocurrir nunca más.
Javier Domingo Candia. 24 de marzo de 2011
sábado, 1 de enero de 2011
Un libro para recomendar...
Hoy escribo para recomendar un libro, uno que en especial me marco y me gusto mucho. Ahora que se acercan las vacaciones y uno tiene generalmente más tiempo para el ocio, para decirse a cosas placenteras, en mi caso el hábito de la lectura y si no es ese su caso, bueno podría ser un buen momento para acercarse, porqué no, comenzar con un libro. En particular la lectura me da, en algunos casos, una forma de ver la realidad, de comprender de modo poco habitual lo que me rodea, y en muchos casos de entender el pasado. Me he dado cuenta, he descubierto, que poco sabía del pasado, o peor aún, que alejado estaban mis conceptos sobre el mismo, que equivocados eran mis conocimientos sobre él. Pero cuando llego a mis manos, el día de mi cumpleaños, Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano, vi que las cosas no son como algunos dicen que son, ya que este libro a modo de ensayo, de informe político, económico y social desnuda ( es muy difícil de encasillar en un género literario, y creo que es mejor que así sea) una parte de la historia que los vencedores niegan o no cuentan de esta golpeada región del mundo. Y por más que tenga ya casi 40 años de lanzarse al mercado, su vigencia sigue en pie, como un testimonio vivo de los avatares de nuestro pueblo, de las usurpaciones, latrocinios, chantajes y miserias que sufrió y siguen sufriendo. Pone de manifiesto también que todo esto no es obra divina, que los pobres no nacen pobres por una infame selección natural, que además de haberse robado el oro, la plata, el estaño, el café, el caucho y demás, también nos expropiaron la memoria, que como dice el autor, " para que no sepamos de dónde venimos y no podamos averiguar adónde vamos". Espero que mi breve reseña cautive a alguien, y les prometo que si emprendan la aventura de leerlo no se van a arrepentir. Sin más me despido. Adiós.
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