Se recorta la luz dentro de la sala; por aquí y por allá ráfagas del sol matutino, temprano, calienta el rostro de los niños en sus bancos. Hoy es el día de qué, pregunta el de la primera fila hacía la izquierda, la respuesta de su compañero se dibuja en su cara en una mueca de suma ignorancia. El maestro entra y da el saludo general, los alumnos responden educada y mecánicamente. Toca un botón de su amplio escritorio y desde el final de la sala una escotilla se abre para dejar salir un artefacto de proyección. Esté se enciende y todo se inunda con una luz blanca; los chicos se colocan sus auriculares para que los pupitres, las sillas, todo el mueblario desaparezca en un acto de prestidigitación del tercer milenio.
Por segundos la oscuridad los abraza, nadie reconoce a nadie. De repente un tanque rompe el silencio y se abalanza hacia ellos. Algunos gritan de terror, otros entusiasmados piden la llegada de los soldados. Las calles marcan coordenadas de una ciudad de la que poco queda ahora, de la que poco se recuerda. La marcha militar en las botas de los nuevos gobernantes resuena horrísona, los fales relumbran con brillos que atraen a la muerte. ¿Cuándo paso esto?, la misma cara le responde como a la pregunta anterior, ¿Qué día es hoy?.
La película sigue y personas uniformadas y de porte tajante toman por asalto la pantalla, y algo más. Dicen que son la salvación, se proclaman el orden, la entropía disfrazada de rectitud. El chico de la primera fila hacia la izquierda se retuerce, se agita sin saber por qué. Ahora los soldados derriban puertas a patadas, con perros que ladran con mandíbulas ansiosas de machacar huesos. Suben y suben gente a camiones, otros a unos autos de la época largos que los manejan señores de anteojos oscuros y facies como los canes que los acompañan. El Jefe dice que son desaparecidos mientras mira al cielo esperando, quizás rezando, que ninguno se la caiga por la cabeza, Desaparecidos, dice, No están vivos ni muertos, desaparecidos. Muchos no se enteran, muchos no quieren saber, muchos avivan el fuego con más fuego, que se desprende de la premisa física de que toda acción tiene una reacción de igual magnitud pero dirección contraria. La física de la violencia.
El chico de la primera fila del lado izquierdo mira con ojos atentos la pintura que lo rodea, una pintura viva delante de él. No sabe por qué, de donde nació, pero el impulso de romper en llanto lo colmó; lágrima tras lágrima se fueron soltando ríos con el ímpetu de las represas al ceder, de la fuerza del agua que se impone. El rostro se cubre con las manos y la lluvia se escapa entre sus dedos, miles y miles de avatares de memorias que se entrelazan, unisonas, como los eslabones de una cadena. ¿Cómo se llora de eso que no se sabe?, ¿cómo se llora eso que ni se sabía que se sentía?.
El cielo se desfonda en las manos del chico que no sabe lo que pasa, por qué siente que se le va a salir el alma del cuerpo. Los demás chicos duermen o imaginan batallas con seres de otras galaxias. Las imágenes se suceden en un entrechocar de botas militares y pitidos de picanas. El chico de la primera fila lado izquierdo se sacude en sollozos cada vez más apagados, para levantar su rostro al cielo raso y con voz trémula decir: Lo recuerdo, lo recuerdo todo.
