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domingo, 26 de diciembre de 2010

Las malas palabras

La luz mortecina deja grandes brechas de obscuridad en la sala de espera, es mediodía pero parece madrugada, noche cerrada, tensa. Solo tres personas se encuentran en ella, la más longeva esta callada, pensativa, las otras dos, un hombre y una mujer, hablan entre ellos como si la otra persona no estuviera.
Romina, parece que llueve más fuerte.- dice el joven, con un gesto de las cejas señalando la ventana.
No parece tanto, espero que no nos mojemos cuando nos vayamos, encima nos vamos en colectivo.-
No sé, yo después de acá me voy a trabajar, vos seguramente te iras con papi y la abuela.-
Ah, es verdad. Y mami no creo que venga desde el trabajo.
Si, seguramente.-
¿ Tu papá esta viniendo?.- Interrumpe la abuela, repentinamente. La mirada lacónica, perdida.
Si , esta en camino. Sale del trabajo y viene para acá.
La lluvia cae furiosamente mientras el silencio se escurre por las paredes, palpable, viscoso. Las figuras quietas no se ven, pero se reconocen, se sienten, se sienten como un fuego que se extingue lentamente y pierde su calor, esa tibieza que se hace intermitente, fugaz. Por más que los separen centímetros, los abismo que los circunscriben ya son insondables, profundos y negros.
¿ Me quedaré sola?, ¿ moriré sola?.Tengo tanto miedo por la noche, de que vuelva, de que regrese después de tantos años. Nosotros le dimos todo, desde que nació no le falto nada, y cuando quiso estudiar para maestra, no le falto nuestro apoyo. Mi hija que tanto quise y tanto quiero, se fue sin ser feliz, sin disfrutar de su vida y se atormento con la que nosotros le impusimos, y que ella acato amargamente. Porque queríamos que no siguiera sufriendo, tuvimos que casi obligarla a que abandonara la docencia, de que dejara de ir a enseñar a esa escuela dentro de la villa donde solo podía encontrar disgustos de esa gente, y la resguardamos en casa, su casa. Porque allí sería feliz, allí con nosotros para cuidarnos, para siempre.
Hola mami, ¿cómo estas?.-
Hola hijo, más o menos, lo internaron a tu papá.- Dice con ojos mojados.
Quedate tranquila mami, que todavía no sabemos nada.- Dice con tono dulce y bajo.- ¿ qué paso Rodri?.-
Vino la abuela al mediodía, que habían internado al abuelo, que ella se volvió para casa ha avisarnos. Entonces comimos y nos venimos para acá cuanto antes, y cuando llegamos le preguntamos a un médico que salio de terapia intensiva y nos dijo que estaba ahí el abuelo y como no habíamos recibido el parte médico que llamemos y preguntemos, pero te estábamos esperando a vos, así estamos todos.
Suena el timbre de terapia, la voz lejana, etérea, hace las preguntas pertinentes y encuentra la respuesta al otro lado del intercomunicador un poco preocupada. Sale el médico a los pocos segundos, da el parte rápidamente, explica la situación lo más simple posible y sin más que decir desaparece detrás de la puerta.
Dice que parece que se paso con el remedio para la presión, pero que igual tienen que espera a que lo elimine todo para descartar una arritmia.-
Nunca le había pasado a tu papá esto antes, es que anda mal él.- Lo mira tras los vidrios de sus antiguos anteojos, los ojos atentos, fríos.
Ya se mami, siempre me decís lo mismo.- Las ondas aguas se agitan en su mirada, se muerde la lengua para que no lo desborden. - ¿ cuántas pastillas tomo papi del atenolol?-
Dos a la mañana, y más tarde se tomo otra.-
Quizás haya sido eso; bueno, ahora hay que esperar.-
¿ Vos te vas a quedar acá conmigo, no?.-
Si mami, adónde voy a ir. Quedate tranquila...-
Es que tu papá anda mal, no se puede recuperar de lo que paso.-
Ya paso hace varios años que paso eso, lo de Sofía...-
Pero no nos podemos recuperar, ella que era tan buena, que siempre estaba con nosotros. A tu papá también le paso esto porque vos no venís casi nunca a visitarnos.- La voz monocorde, bailando en una sola nota, como la sonoridad del viento, ese que sopla antes de la tempestad, antes de la furia de la tormenta. Las palabras cargadas de malicia, de la fría y punzante carga de reproche.
Ya se mamá, siempre me decís lo mismo, que es mi culpa; yo creo que ustedes hubieran preferido que en vez de Sofía me hubiera muerto yo, ¿no?.- La boca se pone tiesa, la mueca dura de quien aguante el corte lacerante de las palabras, de las malas palabras.
No, no quise decir eso, es que...-
Entonces qué quisiste decir mamá.- interrumpe abruptamente.- Pensás que no me doy cuenta, de porque no fui su esclavo, porque no resigne mi vida, como le hicieron e hizo Sofía, siempre me echan todo en cara.-
¿ Por qué hablas así de tu hermana?. Sabes que tu hermana no se caso para cuidarnos a nosotros. Ella era muy buena, nos quería mucho a tu papá y a mi.- El filo de la lengua que brilla, la hoja que corta, que hiere.
¿ Y qué, yo no?, ¿ no estoy siempre cuando me necesitan?. No sé por qué te empecinas en alejarme, ¿tan mal hijo fui?.-
No hijo, no es para que te enojes. Sabes que...-
Esta bien mamá, esta bien.-
Se levanta y rápidamente se dirige al baño. Las tres personas quedan de nuevo solas, cada una en su rincón, pensativas. Los segundos se alargan como horas sin que ninguno omita palabra; son silencios que se rechazan, son palabras mudas que a la vez dicen mucho sin decir nada, que hablan el idioma de la furia, de la indiferencia. Por más que les de un ataque de verborragia y vomiten todo lo que tienen, saben que la ruta esta trazada, que ya no hay retorno para ninguno de ellos, y que la única solución es jugar su papel en esta obra teatral fantasmagórica lo más atenuado posible, de no improvisar, solo de actuar callado, monosílabo, hasta que la función termine.
Los graznes de la puerta de terapia intensiva chillan, la silueta del médico se dibuja en el vano de la puerta, lúgubre por las luces tenues del pasillo.
Familiares de Ernesto Saez.-
Si acá, ¿ qué paso doctor?.-
¿Usted es el hijo, no?.- Pregunta el doctor.
Si, ¿ qué paso con mi papá?.-
Lamentablemente tuvo una complicación, el corazón comenzó a fallar repetidas veces. Tratamos de estabilizarlo, pero en ese instante sufrió un paro cardíaco. Hicimos todo lo posible con los médico y enfermeras, pero no fue suficiente y falleció a los pocos minutos. Lo siento mucho señor.-
No, no puede ser. Si estaba lo más bien. No, imposible.-
Yo se como se siente, se que es difícil. Por favor cálmese.-
La repentina sorpresa es seguida de los apagados sollozos, de las manos que tapan la cara que se convulsiona, de la tristeza que por una lado, inconscientemente quizás, es verdadera, pero fugaz y tan repentina como la sorpresa inicial. Porque la obra sigue, todavía no se ha corrido el telón que le de cierre.

martes, 21 de diciembre de 2010

Cuento

En la soledad de la habitación, en lo que sería el final de la madrugada, se encontraba Juan postrado en su cama, inmóvil con sus músculos hipotónicos, incapacitado para hacer cosas tan simples como caminar y hasta hablar. Ya se le hacía muy lejano aquel día fatídico, aunque sabía que había ocurrido hace dos o tres días, como si su memoria pusiera cada vez más distancia con ese recuerdo, y él cada vez más distancia con su entorno; no podía gritar, por más que lo deseara con todas sus fuerzas, sus cuerdas vocales ya habían declarado la huelga, dispuestas a no vibrar bajo ningún motivo. Quería salir corriendo por los pasillos del hospital, de atropellar la puerta y que el sol lo reciba candoroso, de abrazar a su hermano, de besar a sus padres, de volver, aunque sea por última vez, a amar a Romina, pero su lozanía lo había abandonado dejándolo maltrecho, encerrado en el envase inútil que ahora era su cuerpo. Pensó en lo vivido, recordó su infancia en el barrio, en las jornadas en la que jugaba a la pelota en la calle con sus amigos, de las horas en el colegio, de su debut sexual en el prostíbulo, de su primera novia, de la primera pelea a golpes de puño, de la primogénita borrachera adolescente, de su primera vez en el mar, de la muerte de su abuelo, de su desilusión primera, de su primer trabajo; estos y otros recuerdos fluían nítidamente por su mente y con doloroso convencimiento supo que la posteridad le guardaba la misma suerte que tendría una planta o una momia, quedaría suspendido para siempre en esa posición idiota, irreversible; maldijo a Dios por lo que le había hecho, blasfemo con mustia furia a la Santa Cruz; por qué lo condenaba a este suplicio, él que creó al hombre del barro y a la mujer de una costilla del primero, no podía devolverle su motricidad; él qué hizo, en qué se había equivocado, qué pecado atroz cometió; pero la empresa fue en vano y al no encontrar ninguna respuesta, ni una mera y cordial disculpa, además quién era él para pedirle justificaciones a Dios, él que era una hormiga en el vasto universo, no tuvo más remedio que resignarse a aguardar el tiempo, contando los segundos uno por uno.
Las sombras de su mente eran su única compañía y los ecos de sus pensamientos eran su voz, pero se descubrió en una rara situación, aunque no veía ni oía, sentía la presencia de su madre al pie de la cama, llorando amargamente; su padre en un rincón, imperturbable y con su semblante duro y adusto, pero con sus ojos (no con los anatómicos, apagados, con los otros, los del alma) vio como su corazón se desgarraba en una angustia casi insoportable y pudo, como un prestidigitador, leer su mente, Si pudiera cambiar por tu lugar, no lo dudaría un instante, y eso lo lleno de orgullo; ahí estaba también su hermano, todo un hombre ya, sintió su esperanza pertinaz, propia de los optimistas jóvenes y le pidió (le hablo, pero no con la voz de la garganta, sino con la otra, la del alma) que sea fuerte por él y sus padres, que los cuidará en su ausencia; a su lado percibió algo cálido, diáfano, el cariño de su amada, el amor de su querida Romina, Que pena, se lamento Juan, tanto que habían planeado su vida juntos y todo se fue al diablo, notó que se marchitaba penosamente, que su flor perdía el aroma de antaño, tósigo que corría por su interior, y la abrazó (pero no con sus brazos que ahora eran díscolos, sino con los otros, los del alma) y en este tomo a su compañera inmaterial, y le susurro que tenía que reflorecer, que era un nuevo comienzo, otro volver a empezar, le dijo que fuera feliz. Quiso llorar, pero sus lechos estaban secos, primero de rabia, loca rabia, quiso vociferar a viva voz su odio al destino, ese ser asqueroso que lo sentenciaba a la miseria de su nueva existencia, y sin previo aviso la melancolía le tendió la diestra y su saludo era frío, gélido y una tristeza como nunca antes había sentido lo invadió; el pozo sin fondo que vio lo lleno de terror y la inmensa soledad, extraña paradoja, lo dejo solo.
Entre lágrimas y ojos hinchados, los cariacontecidos parientes observaban a Juan petrificado en la camilla, tan tranquilo que se podía decir que el óbito ya había acontecido, si no fuera por el canturreo monótono de los monitores que transmitían sus signos vitales; abstraídos cada uno en su calvario personal, cavilando preguntas sin respuesta, vieron como Juan, es sus narices, se esfumaba, desaparecía en un abrir y cerrar de ojos, como se desmaterializaba espontáneamente, átomo a átomo se esparcía en todas las direcciones de la rosa de los vientos y se perdían en el espacio-tiempo; los por demás susceptibles en la habitación cayeron redondos de la impresión, otros más religiosos se persignaban compulsivamente y bisbisaban el padre nuestro, los restantes como estatuas no daban fe de lo sucedido.
Estaré muerto, se pregunto Juan en ese vacío que ahora todo lo llenaba, no era ya materia, no sabía por qué sabía eso, solo se daba cuenta; Seré energía, se dijo, pero en la nada en la que se encontraba (tampoco sabía cómo sabía esa verdad) no hay un algo que quepa allí, y si la energía le cabe la etiqueta de algo, no tenía lugar en la nada; Entonces qué era, se preocupo Juan, y recordó como el Rayo de la Muerte lo convirtió en cenizas, y como Tanatos toco su nota clave, predilecta, y redujo su humanidad a la simple quinta esencia, en la que algunos llaman quinta dimensión, esa la que guarda a la eternidad que se abre para devorar a los fallecidos; y si esta eternidad no era sempiterna, si era o es finita, una avenida que transitamos hacia vaya uno a saber dónde. Quizás lo esperaba el Karma, allí donde cada causa tiene su efecto, donde nos dicen que con la vara con la que has medido te han de medir y como agricultores de la vida recogemos lo que sembramos en las anteriores y a la vez sembramos lo que tomaremos en la próxima; entonces pudo escuchar recitar a los poetas persas sus dulces palabras de reencarnación: Morí como mineral y llegué a ser planta; Morí en la planta y reaparecí en un animal; Morí en el animal y llegué a ser hombre, por qué pues, habría de temer, cuándo desmerecí por haber muerto; Después moriré en el hombre para que me broten las alas del ángel; en el horizonte este camino pareciera bifurcarse, trifurcarse, y así ad infinitum; algunos de esos afluentes pudieran desembocar a orillas del río Jordán que en sus aguas Juan el Bautista bautiza cual cabeza encuentra, y a su diestra el mismísimo nazareno proclama que él es el aquel Elías que debía volver, parábola de las sagradas escrituras de la reencarnación de la carne, y el que tiene oídos que oiga; también en el páramo alzan la voz los detractores de la verborragia del Hijo de Dios, esos fariseos que se rasgan las vestiduras ante tales blasfemias e injurias, retrucando que todas las almas son incorruptibles, que solo las almas buenas pasan a otros cuerpos y las otras, las malas, sufrirán el castigo de los infiernos.
A lo lejos puede ver el reflejo del río Ganges, esa vena de agua dulce que nace a los pies divinos de Vishnú en el paraíso de oro y piedras preciosas conocido como Vaikhunta; vio con sus pies mojados a Brahma, el creador; vio como Shiva se lavaba el rostro, él que todo lo destruye, y a su esposa Kali , la diosa de la muerte, que salía del seno mismo de la gran serpiente líquida y en sus manos traía El Mahabharata, ese poema tan antiguo como el sol, leyendo en sánscrito el primer parva: Lo que se muestra aquí se puede encontrar en otros lugares, pero lo que no se encuentra aquí, no se encontrará en ningún otro lugar. De esta forma lo invitaba a bañarse en el río para expiar sus pecados y así abrazar El Absoluto. Ya no supo si todo eso era real, o si alguna vez lo fue; el cosmos se rasgaba y se volvía a unir holístico, uniforme, y él se sitió forme, pero no con su anatomía clásica, no, sino amorfo como símil cometa que surca los cielos en su trayectoria hipérbola alrededor de las estrellas, y extraña revelación cósmica se apodero de Juan, se dio cuenta que lo que fue, es y será no es la trabazón que dicen que es esa gran cadena que es el destino, que lo que está escrito se puede borrar, y lo que fue borrado se puede volver a escribir, porque la continuidad después del valle de la muerte es incierta para todos y que vale más como uno lleva su vida hilando esos momentos que son irreproducibles en nuestra finitud, aunque a veces gastemos este tiempo en enojos inútiles o fastidios sin sentido, y también por más que cueste entender que luego de nuestro fallecimiento el mundo seguirá girando, y este alrededor del sol y a su vez este último alrededor de la galaxia.
Exordio que empieza a volverse senescente, el universo todo comenzó a apagarse, lento iba muriendo en pequeños destellos hasta que de ellos solo quedo el recuerdo reciente, y como tal, Juan fue perdiendo de a poco su hilo conductor, como se cortaba aquí y también allá, seccionándolo, dividiéndolo otra vez, e intenso relumbrón aconteció y lo cegó; luego nada se sabe, no hay registros, será mejor de esta forma, que algunos misterios nos sean todavía indescifrables, ya que quizás al descubrirlos, no nos agrade lo que encontremos en ellos.






La idea de este blog es explayar algunos pensamientos propios, y quizás otros ajenos, sin otra finalidad que la de expresarme. De expresar mis inquietudes, de opinar sobre ciertos temas que me interesan y/o me interesen en el futuro, sin caer en la opinología, siempre con algún fundamento, sea este más o menos valedero. Que no se confunda, yo no trato de imponer ninguna verdad (además no tengo los diplomas si quisiera hacerlo, y no creo en las verdades absolutas), lo que aquí escriba será mi verdad, mi modo de ver la realidad y por lo tanto me haré cargo de ella. Y para finalizar también quizás publique algún cuento de los que escribo, esperando con ansias todo aquel que quiera emitir una crítica constructiva. Sin más me despido.

Javier Domingo