La luz mortecina deja grandes brechas de obscuridad en la sala de espera, es mediodía pero parece madrugada, noche cerrada, tensa. Solo tres personas se encuentran en ella, la más longeva esta callada, pensativa, las otras dos, un hombre y una mujer, hablan entre ellos como si la otra persona no estuviera.
Romina, parece que llueve más fuerte.- dice el joven, con un gesto de las cejas señalando la ventana.
No parece tanto, espero que no nos mojemos cuando nos vayamos, encima nos vamos en colectivo.-
No sé, yo después de acá me voy a trabajar, vos seguramente te iras con papi y la abuela.-
Ah, es verdad. Y mami no creo que venga desde el trabajo.
Si, seguramente.-
¿ Tu papá esta viniendo?.- Interrumpe la abuela, repentinamente. La mirada lacónica, perdida.
Si , esta en camino. Sale del trabajo y viene para acá.
La lluvia cae furiosamente mientras el silencio se escurre por las paredes, palpable, viscoso. Las figuras quietas no se ven, pero se reconocen, se sienten, se sienten como un fuego que se extingue lentamente y pierde su calor, esa tibieza que se hace intermitente, fugaz. Por más que los separen centímetros, los abismo que los circunscriben ya son insondables, profundos y negros.
¿ Me quedaré sola?, ¿ moriré sola?.Tengo tanto miedo por la noche, de que vuelva, de que regrese después de tantos años. Nosotros le dimos todo, desde que nació no le falto nada, y cuando quiso estudiar para maestra, no le falto nuestro apoyo. Mi hija que tanto quise y tanto quiero, se fue sin ser feliz, sin disfrutar de su vida y se atormento con la que nosotros le impusimos, y que ella acato amargamente. Porque queríamos que no siguiera sufriendo, tuvimos que casi obligarla a que abandonara la docencia, de que dejara de ir a enseñar a esa escuela dentro de la villa donde solo podía encontrar disgustos de esa gente, y la resguardamos en casa, su casa. Porque allí sería feliz, allí con nosotros para cuidarnos, para siempre.
Hola mami, ¿cómo estas?.-
Hola hijo, más o menos, lo internaron a tu papá.- Dice con ojos mojados.
Quedate tranquila mami, que todavía no sabemos nada.- Dice con tono dulce y bajo.- ¿ qué paso Rodri?.-
Vino la abuela al mediodía, que habían internado al abuelo, que ella se volvió para casa ha avisarnos. Entonces comimos y nos venimos para acá cuanto antes, y cuando llegamos le preguntamos a un médico que salio de terapia intensiva y nos dijo que estaba ahí el abuelo y como no habíamos recibido el parte médico que llamemos y preguntemos, pero te estábamos esperando a vos, así estamos todos.
Suena el timbre de terapia, la voz lejana, etérea, hace las preguntas pertinentes y encuentra la respuesta al otro lado del intercomunicador un poco preocupada. Sale el médico a los pocos segundos, da el parte rápidamente, explica la situación lo más simple posible y sin más que decir desaparece detrás de la puerta.
Dice que parece que se paso con el remedio para la presión, pero que igual tienen que espera a que lo elimine todo para descartar una arritmia.-
Nunca le había pasado a tu papá esto antes, es que anda mal él.- Lo mira tras los vidrios de sus antiguos anteojos, los ojos atentos, fríos.
Ya se mami, siempre me decís lo mismo.- Las ondas aguas se agitan en su mirada, se muerde la lengua para que no lo desborden. - ¿ cuántas pastillas tomo papi del atenolol?-
Dos a la mañana, y más tarde se tomo otra.-
Quizás haya sido eso; bueno, ahora hay que esperar.-
¿ Vos te vas a quedar acá conmigo, no?.-
Si mami, adónde voy a ir. Quedate tranquila...-
Es que tu papá anda mal, no se puede recuperar de lo que paso.-
Ya paso hace varios años que paso eso, lo de Sofía...-
Pero no nos podemos recuperar, ella que era tan buena, que siempre estaba con nosotros. A tu papá también le paso esto porque vos no venís casi nunca a visitarnos.- La voz monocorde, bailando en una sola nota, como la sonoridad del viento, ese que sopla antes de la tempestad, antes de la furia de la tormenta. Las palabras cargadas de malicia, de la fría y punzante carga de reproche.
Ya se mamá, siempre me decís lo mismo, que es mi culpa; yo creo que ustedes hubieran preferido que en vez de Sofía me hubiera muerto yo, ¿no?.- La boca se pone tiesa, la mueca dura de quien aguante el corte lacerante de las palabras, de las malas palabras.
No, no quise decir eso, es que...-
Entonces qué quisiste decir mamá.- interrumpe abruptamente.- Pensás que no me doy cuenta, de porque no fui su esclavo, porque no resigne mi vida, como le hicieron e hizo Sofía, siempre me echan todo en cara.-
¿ Por qué hablas así de tu hermana?. Sabes que tu hermana no se caso para cuidarnos a nosotros. Ella era muy buena, nos quería mucho a tu papá y a mi.- El filo de la lengua que brilla, la hoja que corta, que hiere.
¿ Y qué, yo no?, ¿ no estoy siempre cuando me necesitan?. No sé por qué te empecinas en alejarme, ¿tan mal hijo fui?.-
No hijo, no es para que te enojes. Sabes que...-
Esta bien mamá, esta bien.-
Se levanta y rápidamente se dirige al baño. Las tres personas quedan de nuevo solas, cada una en su rincón, pensativas. Los segundos se alargan como horas sin que ninguno omita palabra; son silencios que se rechazan, son palabras mudas que a la vez dicen mucho sin decir nada, que hablan el idioma de la furia, de la indiferencia. Por más que les de un ataque de verborragia y vomiten todo lo que tienen, saben que la ruta esta trazada, que ya no hay retorno para ninguno de ellos, y que la única solución es jugar su papel en esta obra teatral fantasmagórica lo más atenuado posible, de no improvisar, solo de actuar callado, monosílabo, hasta que la función termine.
Los graznes de la puerta de terapia intensiva chillan, la silueta del médico se dibuja en el vano de la puerta, lúgubre por las luces tenues del pasillo.
Familiares de Ernesto Saez.-
Si acá, ¿ qué paso doctor?.-
¿Usted es el hijo, no?.- Pregunta el doctor.
Si, ¿ qué paso con mi papá?.-
Lamentablemente tuvo una complicación, el corazón comenzó a fallar repetidas veces. Tratamos de estabilizarlo, pero en ese instante sufrió un paro cardíaco. Hicimos todo lo posible con los médico y enfermeras, pero no fue suficiente y falleció a los pocos minutos. Lo siento mucho señor.-
No, no puede ser. Si estaba lo más bien. No, imposible.-
Yo se como se siente, se que es difícil. Por favor cálmese.-
La repentina sorpresa es seguida de los apagados sollozos, de las manos que tapan la cara que se convulsiona, de la tristeza que por una lado, inconscientemente quizás, es verdadera, pero fugaz y tan repentina como la sorpresa inicial. Porque la obra sigue, todavía no se ha corrido el telón que le de cierre.