El amanecer desgarra con estiletes púrpuras la noche que ya muere. Las estrellas se borran del cielo y la luna se pierde, opaca, en el firmamento celeste. La llanura pampeana se extiende más allá de lo que alcanza la vista, solo interrumpida por las figuras de las tiendas de campaña que se recortan contra el horizonte. La luz diáfana del sol arranca destellos a la escarcha asentada en el pastizal, que cruje bajo las botas de los soldados que se preparan para el largo día en el campo de batalla. Las caras somnolientas se contraen ante la brisa fría de las primeras horas, y sus cuerpos buscan el calor de las pequeñas fogatas que crepitan la madera que se quema.
A lo lejos los hombres perciben el sonido característico del galope, constante, un poco forzado. Las miradas se desvían al unísono hacia la misma dirección, esperando la llegada. El jinete y su caballo emergen de la loma, para ingresar al campamento. El caballo, cansado, despide espuma por la boca, y su pecho sube y baja rítmica y rápidamente. El jinete ojeroso salta, y toma de su saco un pequeño sobre, ¿ Dónde esta el capitán?, pregunta con voz ronca.
- El capitán esta en su tienda.- Le dice un soldado de tez morena y pelo crespo.
- Me lo manda a buscar, tengo un mensaje que entregarle.
El Capitán Jiménez emerge con semblante tranquilo de su tienda de campaña. Esta enfundado en su uniforme habitual, impecable, sin arrugas. Las insignias le resaltan de los hombros, honores propios de su rango. Es más bien moreno, de rasgos angulosos y nariz aguileña. Tiene el pelo un poco crecido, desprolijo para su gusto. El sable que pende de la cintura le da otro aire, otra presencia.
- ¿Qué pasa soldado?.- Pregunta el capitán Jiménez impaciente.
- Tengo una carta para usted capitán. Son ordenes del general Roca.- Le entrega el sobre lacrado con las instrucciones.
- Bueno.- dice mirando al mensajero, que esta harapiento y famélico.- Soldado Aguirre dele a este hombre algo de comer y un lugar para dormir. Debe de estar cansado. Y mande a alguien para que atienda a su caballo.- ordena con voz fuerte, decidida, voz que no omite quejas.
Luego de impartir más ordenes a su tropa, se retira a leer la carta. Al romper el sello de cera piensa que no es habitual que un general utilice el sistema de mensajeros si no es por alguna causa que mereciera cierta importancia, o acción que debiera ser ejecutada de inmediato y sin chistar. El texto es corto, las palabras, justas. Lo lee dos, tres veces, para verificar lo que dice. Sin más sobresaltos, llama a su teniente primero para coordinar las acciones.
- Teniente Candia tenemos ordenes directas del general Roca de fusilar a todos los prisioneros que tengamos bajo nuestro poder. Quiero que a media mañana usted y dos hombres estén listos.
- Si señor, como usted ordene. Solo tenemos un problema mi capitán. Las municiones escasean y son bastantes prisioneros.
- Es cierto. Bueno esto es lo que haremos. Solo seremos usted, un soldado más y yo.
- ¿ Va a participar Capitán?.- pregunta el teniente Candia, con miedo de que haya sido un poco impertinente.
- Si. Tengo más balas de reserva que las tropas. Eso es todo teniente, ya puede retirarse.
La pequeña brasa del cigarro se enciende intermitentemente en la boca del Capitán Jiménez, mientras este mira con atención a la masa de prisioneros que se aglomeran a poco metros. Son indios hasta el tuétano vestidos con sus ropas típicas. Pensar que cuando se los encontraron hace unos días, en esos llamados malones, eran fieras desbocadas, galopando a todo raudal hacia ellos. Blandían sus boleadoras y cuchillos al cielo que los observaba con temor, esperando el choque de aceros y el olor a pólvora penetrante. Fue una batalla corta, pero cruenta. Cruenta para los indios. Casi todos habían caído en combate, menos estos cinco que observaba calladamente. Ahora se los veía cabizbajos, totalmente derrotados. Los oía murmurar en una lengua que le era conocida, propia para su malestar. Y por un momento el capitán se vio a avanzando hacia ellos, sin saber porque se encamino a su encuentro. Quizás, se dijo para sus adentros, es el honor cultivado en tantos años de carrera militar, ese honor que le hacia ver en su enemigo vencido, un guerrero como el, a un par, y como tal digno de respeto.
Los indios lo miraron de pies a cabeza, y en sus ojos el Capitán Jiménez vio el resentimiento y odio a su persona. Con la frente bien alta y en la boca una mueca cerrada, lo miraron sin pestañar.
- ¿ Alguno fuma?.- Pregunto el Capitán.
Por unos segundos nadie responde. Todos callados le clavan las miradas filosas, como si en cualquier momento fueran a saltarle a la yugular.
- Yo fumo.- dijo el más apartado. Se paro, y su estatura parecía duplicar la de Jiménez. En su cara de piel curtida por largas horas al sol y viento del desierto pampeano, no se movió un músculo. Este se le acerco y como tenía las manos atadas por la espalda, el capitán le coloco el cigarro en la boca y lo prendió. El humo gris le dio un aire etéreo a su rostro, que lo tiño de rasgos místicos.- Gracias capitán. ¿Puedo hacerle una pregunta?.
- Si, como no.
- ¿De donde es usted?.
- De una finca, a las afueras de Buenos Aires, que esta dedicada a la ganadería.
- Es un hombre de campo, conocedor de la pampa. Se me hace usted conocido. ¿Nos hemos visto anteriormente?.- pregunta el indio con un gesto que dibuja malicia.
- No, no lo creo. Me debe estar confundiendo con otro. Nos conocemos solo a partir de ayer.
- Puede ser que mi mente lo confunda con otro. Quizás sean sus rasgos un poco indios lo que me jueguen una mala pasada.
- Mi madre era india. Soy lo que se dice un mestizo. Quizás sea eso.
- Ahora que lo dice, si. ¿Conoce la lengua que hablamos?. Pienso que si.
- Si, a la perfección, la hablaba siempre con mi madre.- Omitiendo decir que todavía hoy la seguía hablando, que por eso lo enviaron en los regimientos de avanzada, para que pudiera comunicarse con los nativos. Para que sea el portador de la voz de la civilización.
- Espero que no le moleste entonces que dialoguemos por medio de ella, es que no me siento muy cómodo en el castellano.
- Por favor, no es molestia.- accede fácilmente el Capitán Jiménez.
Y el idioma gutural se escapa de la garganta del cacique. Hermético en sus sonidos fuertes, es indescifrable para oídos inexpertos, que fluye como el viento y rompe como las olas en los bordes de los acantilados.
- Antes de de que comience esta conquista o exterminio, si capitán, no se crispe, sabe que es un exterminio, yo recorría esta tierra con la mayor de las libertades. Cazaba con mis boleadoras y dormía bajo las estrellas sin más preocupación que el interrogante de lo que comería al otro día. Luego los largos e interminables tramos de tierra salvaje se fueron alambrando, y esta última se fue achicando.
- Pero todo esto es para formar una patria grande, para que este país crezca en base a su gran potencial ganadero y agricultor.- interrumpe el capitán con aire de orgullo.
- Ese es con el cuento que le hicieron creer a usted. Pero por lo que vio hasta ahora, ¿le parece cierto?. Qué clase de país que aspira a la civilización, que tiene como meta el progreso de la nación, comete los crímenes que comete. Se me hace capitán de usted una persona inteligente, no, lo creo con certeza. ¿Se cree esas patrañas?.
- No importa lo que yo crea o no crea. Solo soy un soldado que cumple ordenes, y que es fiel a su patria.
- ¿ Cuál es su patria capitán?. ¿Qué patria cree que defiende con su sangre?. ¿Qué le prometieron por la victoria?. ¿Unos cuantos metros de tierra para su retiro?. Sabe, si, se que lo sabe bien, que las tierras ya están divididas de antemano. Mucho antes de que sus caballos dieran sus primeros pasos hasta aquí. Pero no se sorprenda capitán, se que lo sabe. Sabe que las familias más ricas de Buenos Aires ya estamparon su nombre en el mapa, y los bancos británicos hicieron lo suyo también.- da una larga pitada con ademanes teatrales, mientras busca los ojos del capitán Jiménez, que le son esquivos, esos ojos que hace un momento tenían un brillo de orgullo y honor.- ¿ Sabe para quién pelea capitán?.
La voz del Teniente Candia rompe el aura de encantamiento que rodea al grupo de hombres, devolviéndolos a la realidad.
- Señor ya esta todo listo.
El Capitán Jiménez se pone de pie sin decir palabra, para girar sobre sus talones y dirigirse a su tienda. No quiere voltear, no quiere ver la cara de los hombres que van a morir.
La hilera de hombres permanece inmóvil, como si estuvieran estacados a la tierra que pisan. La hilera de fusiles que los enfrenta, el Teniente Candia, un soldado y el Capitán Jiménez, este último con su revolver, esperan la orden para disparar. El Capitán Jiménez alza su revolver que reluce a los rayos del sol, imitado por los demás. La mira del revolver se posa sobre el corazón del hombre que fuma de una forma tan extraña, del indio, de la barbarie. La voz se le hace ronca y siente que de ella no saldrá nada, solo aire. Aprieta el mango del revolver hasta que sus nudillos parecen desgarrar la piel que los cubre. Cierra los ojos; da la orden.
La humareda que despiden las bocas de los fusiles pone un muro delante de ellos, que se asienta por unos segundos. El leve viento que sopla se lleva de a poco esa pared blanca, de olor a pólvora. Y para sorpresa se los verdugos, un hombre queda de pie. El hombre de fumar extraño,que mira al Capitán Jiménez, que lo ve quieto con el brazo en noventa grados; ve que la maquinaria del arma no se ha accionado, dedo, gatillo, martillo, casquillo y disparo, con el final caliente en suspenso.
Luego, el disparo de un fusil, repentino, le perfora el pecho y lo tumba de bruces al suelo.