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viernes, 30 de diciembre de 2011

La pura verdad

La pura verdad



Si ustedes lo permiten,
prefiero seguir viviendo.


Después de todo y de pensarlo bien, no tengo
motivos para quejarme o protestar:


siempre he vivido en la gloria: nada
importante me ha faltado.


Es cierto que nunca quise imposibles; enamorado
de las cosas de este mundo con inconsciencia y dolor
y miedo y apremio.


Muy de cerca he conocido la imperdonable alegría; tuve
sueños espantosos y buenos amores, ligeros y culpables.


Me averguenza verme cubierto de pretensiones; una gallina torpe,
melancólica, débil, poco interesante,


un abanico de plumas que el viento desprecia,
caminito que el tiempo ha borrado.


Los impulsos mordieron mi juventud y ahora, sin
darme cuenta, voy iniciando
una madurez equilibrada, capaz de enloquecer a
cualquiera o aburrir de golpe.


Mis errores han sido olvidados definitivamente; mi
memoria ha muerto y se queja
con otros dioses varados en el sueño y los malos sentimientos.


El perecedero, el sucio, el futuro, supo acobardarme,
pero lo he derrotado
para siempre; sé que futuro y memoria se vengarán algun día.
Pasaré desapercibido, con falsa humildad, como la
Cenicienta, aunque algunos


me recuerden con cariño o descubran mi zapatito
y también vayan muriendo.


No descarto la posibilidad
de la fama y del dinero; las bajas pasiones y la inclemencia.


La crueldad no me asusta y siempre viví deslumbrado
por el puro alcohol, el libro bien escrito, la carne perfecta.


Suelo confiar en mis fuerzas y en mi salud
y en mi destino y en la buena suerte:


sé que llegaré a ver la revolución, el salto temido
y acariciado, golpeando a la puerta de nuestra desidia.


Estoy seguro de llegar a vivir en el corazón de una palabra;
compartir este calor, esta fatalidad que quieta no
sirve y se corrompe.


Puedo hablar y escuchar la luz
y el color de la piel amada y enemiga y cercana.


Tocar el sueño y la impureza,
nacer con cada temblor gastado en la huida


Tropiezos heridos de muerte;
esperanza y dolor y cansancio y ganas.


Estar hablando, sostener
esta victoria, este puño; saludar, despedirme


Sin jactancias puedo decir
que la vida es lo mejor que conozco.



Francisco Paco Urondo.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Memoria del fuego

1942
Washington

La cruz roja no acepta sangre de negros

Salen los soldados de los Estados Unidos hacia los frentes de guerra. Muchos son negros, al mando de oficiales blancos.
Los que sobrevivan, volverán a casa. Los negros entrarán por la puerta de atrás, y en los estados del sur tendrán un lugar aparte para vivir y trabajar y morir, y hasta yacerán después muertos en cementerio aparte. Los encapuchados del Ku klux Klan evitarán que los negros se metan en el mundo de los blancos, y sobre todo en los dormitorios de las blancas.
La guerra acepta negros. Miles y miles de negros norteamericanos. La Cruz Roja, no. La Cruz Roja de los Estados Unidos prohíbe la sangre de negros en los bancos de plasma. Así evitan que la mezcla de sangres se haga por inyección.


En Memorias del fuego. 3. El siglo del viento, de Eduardo Galeano

miércoles, 21 de diciembre de 2011

El efecto banana de fin de año

Nunca me gustaron las balanzas. Y no porque no quisiera evidenciar numéricamente mi peso, eso no fue y no es un problema. Simplemente no me gustan. Quizás tenga que ver que no me gusta, además, hacer balances. Eso de sopesar por un lado (ahora les pido la mímica: ponga sus manos a los costados con las palmas hacia arriba) lo bueno y por otro lado lo malo. Lo mejor y lo peor. Lo que se rescata y lo que se descarta. Podría ser que inconscientemente también tema que la balanza caiga por su mayor peso hacia el lado negativo. Sea como sea, nunca me gustaron las balanzas.
Prefiero las bananas y guarden las risas, aunque parezca cosa de risa.
En lo más recóndito de la selva amazónica, en ese lugar inhóspito (si es que en el mundo todavía existen los lugares inhóspitos, creo creer que si) rodeado de maleza y más maleza vive una tribu hace siglos. Vive literalmente lejos de todo: sin luz y por ende sin televisión, sin radio, sin Internet, sin teléfonos, sin celulares, sin autos, sin computadoras y demás cosas que nosotros consideramos comunes que para ellos no existen. Pero lo que viene al caso de ésta crónica es que no tienen calendario; no tienen lunes, ni jueves, no tienen agostos ni febreros, y no tienen años. No miden el tiempo, o no lo miden como lo medimos nosotros. No saben si es 1492 o 2011, es como si el tiempo para ellos sea como una recta en una línea de continuidad infinita, sin cortes ni fechas a recordar. No les importa si fue un mal o un gran año, porque no los tienen, su vida es un continuar incesante, como un río que fluye. Solo se guían por los ciclos de los frutos que pasan de ser simples frotes a alimentos maduros, así saben si habrá menos o mayor comida. Pero luego recuerdan cuando tienen ganas o cuando el recuerdo inesperado se forma en sus mentes. Pero aquí caigo en una mentira, y si algo soy que no dicen los demás, es que no soy un mentiroso. Sí recuerdan algo con vívida asiduidad:
Cuentan sus sabios que hace muchos años (no saben la fecha exacta) llego un viajero de otras tierras, que jamás dijo su nombre y que se fue una noche sin estrellas vaya a saber uno hacia que rumbo. Pero dejo algo o se lo olvido. Una pequeña imagen, una estatua. La imagen (¿celestial?) de una banana. Dicen sus sabios que desde que allí la encontraron no ha habido tiempos malos, solo prosperidad y bonanzas. Solo de eso se acuerdan, de la llegada del Dios Banana.

PD.: Tampoco tienen balanzas.

Javier Domingo Candia.

lunes, 19 de diciembre de 2011

El peón se come al rey

El vaso se vacía de tanto en tanto, lo bebo de a pequeños sorbos, estirando el tiempo lo más que puedo. Estoy en unas de las últimas mesas al fondo del lugar; las razones por las que me estoy emborrachando no tienen mucha importancia, y además mejor no acordarme de ellas. A mi izquierda las mesas de ajedrez se van desocupando, pero solo dos muchachitos comienzan una partida. Se sientan uno frente a otro, blancas contra negras. Uno de ellos tiene la mirada perdida, como ido; el otro esta tenso, concentrado. Se da inicio a la partida y el primero en mover es el chico de pelo corto, el más concentrado. Mueve confiado, seguro de la jugada que ya programo antes de comenzar. El otro, de cabello más largo, piensa su movimiento con una quietud que me pone nervioso; pero luego de lo que me pareció un lapso muy prolongado mueve. Son, como las piezas, la contracara; uno es seguro, planeado, el otro dubitativo, caótico, pero por momentos este último, en sus ojos, deja ver como un rápido destello algo más que una simple inteligencia.
Las horas pasan y el caos, las leyes de la termodinámica pierden fuerza y el tablero se inclina hacía un lado. Las piezas del seguro, del confiado se esfuman lenta pero inexorablemte. El peli largo, el dudoso, domina el juego a su placer, pero sin disfrutarlo, como un autómata.
La partida esta sellada, tiene un final anticipado. Sólo juegan por inercia y por el orgullo del muchacho de pelo corto.
Se acaba. Los dos chicos se parán para irse, y cuando pasan cerca de mi mesa les escucho decir:
¿Cómo te llamas?.- dice el orgulloso, seguro y reciente perdedor de la partida.
Roderer. Me la llamo Roderer.

Acerca de Roderer, Guillermo Martínez.


Lecturas de verano.

lunes, 12 de diciembre de 2011

La arena que cae por los libros

La arena se escapa entre las páginas. El viento levanta en ímpetu y con él se lleva un puñado de arena, que se cuela nuevamente entre las hojas. Cierro el libro y observo el mar. Este se a embravecido de golpe, se mueve y ruge con una fuerza mitológica, de épica. Hago visera con mis manos para que la arena no lastime mis ojos, y para mi sorpresa, a lo lejos, se ve un barco. Un gran barco. Uno de esos que son monstruos marinos que cruzan el océano de Boston a Southampton, una y otra vez. Un trasatlántico. Pero lo más increíble, lo más inverosímil, es que de él venía, como flotando en el aire, etérea, una melodía. Un piano. Un sonido delicioso. Seducido por semejante música solté el libro en la arena y me encamine hacia el agua. De repente una fuerte ráfaga vino sobre mi, y solo atine a cubrirme los ojos. Para cuando volví a ver al horizonte acuso, el barco se había esfumado, como si por un extraño mecanismo interno se hubiera hundido, para seguir su camino en el fondo del mar. Pero la melodía de ese piano seguía ahí, seguía susurrándome al oído. Volví a mi reposera y tome el libro. Lo retome en la parte en la que el pianista tiene un duelo legendario con el creador del jazz, un duelo que se lleva a cabo en un navío, que cruza de Boston hacía Southampton, de América a Europa y viceversa, una y otra vez. Llevando con sigo una melodía que no puedo sacarme de la cabeza.

Novecento, de Alessandro Baricco.

Lecturas para compartir.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Conversación

Me dice que le diga que estoy haciendo, Escribo, le digo, ¿Qué escribís?, me pregunta para que le diga, Lo que se me ocurre, pero, le digo, Vos debes saber lo que escribo, Si, me dice y acota, Pero a veces te disocias, y ahí no sé que me vas a decir, me dice como un reproche, Si lo sé, le digo en tono de disculpa, Es que a veces no lo puedo evitar, sigo diciendo, No puedo evitar esta dualidad, a veces no quiero pensar, le digo y él me dice, Lo sé, debes en cuando es bueno estar solo, estar en blanco; me dice que se acuerda de algo que le dijo alguien sobre el separar de elementos, Qué raro que no me acuerde de eso, le digo, Siempre estamos juntos, pero perdóname, qué me decías, Te decía, vuelve  a decir, De separar elementos, en nuestro caso dos fases, ¿Cómo el agua y el aceite?, pregunto para volver a interrumpir, Algo así, me responde y dice, Pero en nuestro caso nos mezclamos, en parte porque no nos queda otra opción, y por otra porque somos pilares de una misma estructura vos y yo, sin la pata de uno todo se cae, Pero, sino entendí mal, le digo y prosigo, Somos como dos en uno, solo que por momentos nos disociamos y por otros nos unimos sin que eso lleve al derrumbe de dicha estructura, Si algo así, me responde y dice, Es como escribir, uno se aleja de su vida cotidiana y crea otra realidad que en parte le pertenece y en parte no, Pero creo que ahí te equivocas, le digo y agrego, Vos y yo somos partes de un todo, pertenecemos a la totalidad, ¿A qué totalidad?, pregunta para que le diga, Ah, no sé, a nuestra totalidad calculo, digo y me dice, Cambiando de tema, ¿por qué ese nombre?, Es un cuento que me gusta mucho, explico y sigo diciendo, y el título me pareció justo para esto, No será alución a otras cosas, me dice y le digo, me digo, digo para mí: A veces me siento burlado por ciertas cosas, pero eso, me sigo diciendo, Es tema de otra conversación.

martes, 6 de diciembre de 2011

El precio de la eternidad

En el primer día del nuevo año, en un país del cual no sabemos el nombre, ni donde se encuentra, mientras sus ciudadanos festejan con copas y juegos de pirotecnia el comienzo del calendario, se dará lugar a una huelga nunca antes vista. Tánatos, La Parca, La Muerte, dejara de cumplir su labor milenaria. Así se origina un libro que los llevará (a aquellos que lo lean) a una sociedad que ya no muere, pero que envejece, ya que el paso del tiempo no se detiene. Sus habitantes se sumergirán, en un principio, en una euforia por haberse ganado la entrada a la inmortalidad, solo para descubrir que el ser infinito,o mejor dicho, que al poseer la infinitud de la existencia le deparará miles de problemas.
En las intermitencias de la muerte José Saramago propone un punto de partida irracional para desarrollar, con una prosa que lleva al límite los signos de puntuación hasta casi hacerlos desaparecer, una de las utopías más buscadas del ser humano: la inmortalidad. Desde allí la excelente narrativa del escritor portugués nos mostrará que tan fácil las sociedades se corrompen en un afán, por un lado, de arreglarlo todo y por otro de comercializarlo todo; donde también se ve el desprecio por los viejos, que son visto como estorbos,reflejos del espejo que la inmortalidad les muestra. A la vez hermoso, brutal y triste, Las intermitencias de la muerte es un libro que nos hace pensar en la finitud de nuestra existencia, en las actos, hechos o acontecimientos que vivimos y jamás volveremos a vivir, de que el principio y el fin son suficientes para vivir lo más acorde a nuestras convicciones, y también que el precio por la eternidad, es un precio muy alto a pagar.

José Saramago:
José Saramago

(Azinhaga, 1922 - Tías, España, 2010) Narrador y ensayista portugués, premio Nobel de Literatura en 1998. Nacido en el seno de una familia de labradores y artesanos, José Saramago creció en un barrio popular de Lisboa. Su madre, analfabeta, inculcó en él la sed de saber y le regaló su primer libro. A los quince años abandonó los estudios por falta de medios y tuvo que ponerse a trabajar de cerrajero. Luego se desempeñó en una caja de pensiones y más tarde se dedicó al periodismo, la labor editorial y la traducción. Colaborador de diversos periódicos y revistas, entre ellos Seara Nova, fue también codirector del Diario de Noticias en 1975. Se adhirió al Partido Comunista Portugués, por lo que sufrió censura y persecución durante la dictadura de Salazar. En 1974 se sumó a la Revolución de los Claveles.


José Saramago

La obra de José Saramago se caracterizó por interrogar la historia de su país y las motivaciones humanas. Encontrar las claves por las que un imperio quedó relegado a un segundo plano respecto al resto de Europa y entender el accionar del hombre fueron sus preocupaciones centrales. Pero aunque su novelística tiene como eje vertebrador la realidad de Portugal y su historia, no se trata, sin embargo, de una narrativa histórica, sino de relatos donde la historia se mezcla con la ficción y con lo que podría haber sido, siempre a través de la ironía y al servicio de una aguda conciencia social.

Se dio a conocer en 1947 con Tierra de pecado, novela de corte realista que no suele incluir en su bibliografía. Después de un largo período de silencio, en 1966 publicó Los poemas posibles y en 1970 Probablemente alegría, colecciones de poesías en las que, tratando con fina ironía sobre todo los temas del amor y del erotismo, renovó con vigor el lenguaje poético tradicional.