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lunes, 12 de diciembre de 2011

La arena que cae por los libros

La arena se escapa entre las páginas. El viento levanta en ímpetu y con él se lleva un puñado de arena, que se cuela nuevamente entre las hojas. Cierro el libro y observo el mar. Este se a embravecido de golpe, se mueve y ruge con una fuerza mitológica, de épica. Hago visera con mis manos para que la arena no lastime mis ojos, y para mi sorpresa, a lo lejos, se ve un barco. Un gran barco. Uno de esos que son monstruos marinos que cruzan el océano de Boston a Southampton, una y otra vez. Un trasatlántico. Pero lo más increíble, lo más inverosímil, es que de él venía, como flotando en el aire, etérea, una melodía. Un piano. Un sonido delicioso. Seducido por semejante música solté el libro en la arena y me encamine hacia el agua. De repente una fuerte ráfaga vino sobre mi, y solo atine a cubrirme los ojos. Para cuando volví a ver al horizonte acuso, el barco se había esfumado, como si por un extraño mecanismo interno se hubiera hundido, para seguir su camino en el fondo del mar. Pero la melodía de ese piano seguía ahí, seguía susurrándome al oído. Volví a mi reposera y tome el libro. Lo retome en la parte en la que el pianista tiene un duelo legendario con el creador del jazz, un duelo que se lleva a cabo en un navío, que cruza de Boston hacía Southampton, de América a Europa y viceversa, una y otra vez. Llevando con sigo una melodía que no puedo sacarme de la cabeza.

Novecento, de Alessandro Baricco.

Lecturas para compartir.

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