Hace 35 años, un 24 de marzo, comenzaban sobre la Argentina los peores años de plomo que conoció su historia. Con el pretexto de defender al pueblo de una inminente invasión comunista, de acabar con la corrupción e inflación del gobierno peronista, se implantaron en el poder por medio de un golpe militar las fuerzas armadas. Las mismas se dieron el nombre de Junta Militar, que estaba integrada por el general Jorge Rafael Videla, el almirante Emilio Eduardo Massera y el brigadier Orlando Ramón Agosti. Su principal objetivo, deduzco humildemente, era confundirse con la eternidad, de perpetuarse en el poder como reyes monárquicos de siglos pasados, y para llevarlo a cabo debían destruir toda semilla de revolución, de pensamiento crítico y cívico; para ello utilizaron al Estado como máquina del terror, una especie de inquisición con varios Torquemadas.
Según datos oficiales en el país funcionaban 520 centros clandestinos de detención, 95 en Gran Buenos Aires y 45 en Capital Federal, donde eran llevados los que eran privados ilegítimamente de su libertad, sindicalistas, trabajadores sociales, estudiantes, periodistas, gente que tenía barba tupida o leía a Marx. Allí se torturaba, se picaneaba, se violaba, se trataba de igualar con su miseria y bajeza a los detenidos. Se robaron bebes, y se les robo también su identidad, para hacerlos vivir una farsa teatral siniestra de una vida que no era y, para algunos, no es la suya. Se arrojo gente en los viles “vuelos de la muerte”, donde detenidos aún con vida eran lanzados a los abismo del mar. Todo esto y más sucedió en esa larga noche que duró 7 largos años, pero en lo que no hay que olvidar es que estos monstruos eran el instrumento de otros intereses, títeres de manos siniestras.
Esta noche en realidad comenzó a gestarse años antes, cuando la triple A de López Rega ya impartía terror a la población argentina. Por más que se propusieron huelgas y López Rega tuvo que renunciar e irse del país (aunque luego volvió), el camino ya estaba allanado. El establishment nacional e internacional debía infectar el cono sur latinoamericano con el neoliberalismo, y para ello debía tomar el poder y destruir al Estado Benefactor argentino. Para eso utilizo a los militares para asaltar el estado, y ponerle, si se quiere, nombre y apellido al nuevo plan económico, José Alfredo Martínez de Hoz. Desde que asumió como ministro de economía, Martínez de Hoz instalo un modelo económico liberal que vomito pobres y más pobres fuera del sistema, que hizo a los pobres mucho más, que privatizo y rifo las industrias nacionales, que destrozo todo vestigio de motor productivo en el país, que le llevo a hacer acuerdos impuros con empresas nacionales y trasnacionales con aprietes, extorsiones y hasta asesinatos de por medio.
Y también los titiriteros debían eliminar todo rastro de lucha sindical, de lucha por los derechos que tan justamente se había ganado los trabajadores; debían borrar toda ideología patológica que produjera escozor en las masas dominadas, para eso barrieron las universidades, las escuelas, los diarios, muchos fueron perseguidos, muchos se exiliaron y dieron testimonio en la periferia. Otros murieron por defender eso que creían, eso por lo que vivían y por lo que luchaban. Se me ocurren dos nombres, entre tantos que hay, de Francisco Paco Urondo y Rodolfo Walsh. Paco Urundo y Walsh dieron todo lo que tenían para contraponerse a las fuerzas amenazantes, su enorme coraje los llevo a pasar a ser fantasmas, clandestinos en su propia tierra. Urondo murió acribillado en una ruta en Mendoza, emboscado por una patrulla y muerto a tiros; Walsh fue secuestrado el 25 de marzo de 1977 un día después de emitir su carta a la Junta Militar, y ya nada más se supo de él.
Así fuimos despedazados, vaciados, y el transcurso del tiempo daba a entender que la impunidad, la obediencia debida y el punto final eran sempiternos, de continuarse en el tiempo, sin un final posible. Aunque la justicia es excesivamente lenta, demasiado, con unos engranajes oxidados y chirriantes, como un reloj viejo, sigue funcionando, ¿cómo?, ¿por qué? Primero hubo unas pocas señoras, solas, tratadas de locas, que marchaban todos los días, sin descanso, sin miedo, por la aparición de sus hijos; luego se sumaron otras, y otras. Y el grupo se engrosó. Y, ya como detectives, fueron juntando migajas, piezas de rompecabezas pequeñísimas, de unirlas y darle un sentido, un significado. Fueron manteniendo el reloj, que casi se apaga, a fuerza de coraje y perseverancia. Hasta que, luego de la disolución de la cortina de plomo, ese reloj comenzó a dar la hora, la hora tan esperada para algunos, la hora que nunca pensaron que iba a llegar, para otros. Con todos sus avatares, idas y venidas, el reloj siguió (y sigue funcionando), y son pruebas fehacientes que en el año 2010, se hayan dictado tantas sentencias. El año de los derechos humanos. Para dar números concretos: 200 personas son condenadas desde el retorno de la democracia; 40 de estas condenas se encuentran firmes; 32 personas fueron condenadas por apropiación de niños; 9 personas entre las juzgadas luego de la anulación de las leyes de punto final y obediencia debida cuentan con sentencia firme; 820 son los procesados en todo el país por crímenes cometidos durante el terrorismo de Estado; 400 ya tienen al menos una causa en etapa de juicio (próximamente serán sometidos a juicio oral); 19 juicios orales terminaron en 2010; 110 represores fueron condenados y nueve acusados fueron absueltos en 2010; 8 juicios orales se están desarrollando actualmente; 5 juicios están en trámite por el antiguo procedimiento escrito; 7 nuevas causas tienen fecha de debate cierta para este año (fuente: Unidad Fiscal de Coordinación y Seguimiento de causas por violación a los Derechos Humanos durante el terrorismo de Estado.). Es verdad que todavía falta mucho, es un largo camino, pero todo esto será perno y clavija para nuevas políticas futuras, para marcar tendencia, un surco, un camino del que no se saldrá para chocar con la banquina, para vislumbrar un horizonte esperanzador.
Sin más palabras, o con el agotamiento de mis virtudes literarias, dejo este simple testimonio mezcla de pensamientos, convicciones y sentimientos, de la mejor forma que pude. Perdón si no tiene un rigor ni forma literaria, pero es un acto espontáneo y como tal tiene sus imperfecciones. Espero que sirva para quien lo lea como una iniciación al tema, como introducción, un exordio modesto; y para quien ya esta sumergido, que sepa que tiene otro compañero. Y como dice Eduardo Galeano en su hermoso libro Las venas abiertas de América Latinas, relato triste de las peripecias de América Latina, que todo acto de destrucción en la historia de los hombres, encuentra como respuesta, tarde o temprano, un acto de creación. Que la ejercitación de la memoria sea nuestro acto de creación, para que lo que paso, no vuelva a ocurrir nunca más.
Javier Domingo Candia. 24 de marzo de 2011