Páginas

miércoles, 21 de diciembre de 2011

El efecto banana de fin de año

Nunca me gustaron las balanzas. Y no porque no quisiera evidenciar numéricamente mi peso, eso no fue y no es un problema. Simplemente no me gustan. Quizás tenga que ver que no me gusta, además, hacer balances. Eso de sopesar por un lado (ahora les pido la mímica: ponga sus manos a los costados con las palmas hacia arriba) lo bueno y por otro lado lo malo. Lo mejor y lo peor. Lo que se rescata y lo que se descarta. Podría ser que inconscientemente también tema que la balanza caiga por su mayor peso hacia el lado negativo. Sea como sea, nunca me gustaron las balanzas.
Prefiero las bananas y guarden las risas, aunque parezca cosa de risa.
En lo más recóndito de la selva amazónica, en ese lugar inhóspito (si es que en el mundo todavía existen los lugares inhóspitos, creo creer que si) rodeado de maleza y más maleza vive una tribu hace siglos. Vive literalmente lejos de todo: sin luz y por ende sin televisión, sin radio, sin Internet, sin teléfonos, sin celulares, sin autos, sin computadoras y demás cosas que nosotros consideramos comunes que para ellos no existen. Pero lo que viene al caso de ésta crónica es que no tienen calendario; no tienen lunes, ni jueves, no tienen agostos ni febreros, y no tienen años. No miden el tiempo, o no lo miden como lo medimos nosotros. No saben si es 1492 o 2011, es como si el tiempo para ellos sea como una recta en una línea de continuidad infinita, sin cortes ni fechas a recordar. No les importa si fue un mal o un gran año, porque no los tienen, su vida es un continuar incesante, como un río que fluye. Solo se guían por los ciclos de los frutos que pasan de ser simples frotes a alimentos maduros, así saben si habrá menos o mayor comida. Pero luego recuerdan cuando tienen ganas o cuando el recuerdo inesperado se forma en sus mentes. Pero aquí caigo en una mentira, y si algo soy que no dicen los demás, es que no soy un mentiroso. Sí recuerdan algo con vívida asiduidad:
Cuentan sus sabios que hace muchos años (no saben la fecha exacta) llego un viajero de otras tierras, que jamás dijo su nombre y que se fue una noche sin estrellas vaya a saber uno hacia que rumbo. Pero dejo algo o se lo olvido. Una pequeña imagen, una estatua. La imagen (¿celestial?) de una banana. Dicen sus sabios que desde que allí la encontraron no ha habido tiempos malos, solo prosperidad y bonanzas. Solo de eso se acuerdan, de la llegada del Dios Banana.

PD.: Tampoco tienen balanzas.

Javier Domingo Candia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario