Páginas

lunes, 19 de diciembre de 2011

El peón se come al rey

El vaso se vacía de tanto en tanto, lo bebo de a pequeños sorbos, estirando el tiempo lo más que puedo. Estoy en unas de las últimas mesas al fondo del lugar; las razones por las que me estoy emborrachando no tienen mucha importancia, y además mejor no acordarme de ellas. A mi izquierda las mesas de ajedrez se van desocupando, pero solo dos muchachitos comienzan una partida. Se sientan uno frente a otro, blancas contra negras. Uno de ellos tiene la mirada perdida, como ido; el otro esta tenso, concentrado. Se da inicio a la partida y el primero en mover es el chico de pelo corto, el más concentrado. Mueve confiado, seguro de la jugada que ya programo antes de comenzar. El otro, de cabello más largo, piensa su movimiento con una quietud que me pone nervioso; pero luego de lo que me pareció un lapso muy prolongado mueve. Son, como las piezas, la contracara; uno es seguro, planeado, el otro dubitativo, caótico, pero por momentos este último, en sus ojos, deja ver como un rápido destello algo más que una simple inteligencia.
Las horas pasan y el caos, las leyes de la termodinámica pierden fuerza y el tablero se inclina hacía un lado. Las piezas del seguro, del confiado se esfuman lenta pero inexorablemte. El peli largo, el dudoso, domina el juego a su placer, pero sin disfrutarlo, como un autómata.
La partida esta sellada, tiene un final anticipado. Sólo juegan por inercia y por el orgullo del muchacho de pelo corto.
Se acaba. Los dos chicos se parán para irse, y cuando pasan cerca de mi mesa les escucho decir:
¿Cómo te llamas?.- dice el orgulloso, seguro y reciente perdedor de la partida.
Roderer. Me la llamo Roderer.

Acerca de Roderer, Guillermo Martínez.


Lecturas de verano.

No hay comentarios:

Publicar un comentario