Páginas

jueves, 1 de septiembre de 2011

A veces navego entre la decepción y el pesimismo cuando veo a mis congéneres contaminar el medio ambiente sin más contemplación que la ver como el planeta se vuelve un desierto sin sentido; cuando se acuñan guerras por petróleo y en nombre de la democracia se bombardean colegios y hospitales con miles de civiles que llegan las crónicas rojas de la sección internacional de los diarios; cuando para llenarse los bolsillos esclavizan a sus hermanos y hermanas en talleres clandestinos y prostíbulos de mala muerte; cuando pasa todo esto y más siento que la afirmación de Thomas Hobbes es cierta, y es peor de lo que quizás imagino el mismo Hobbes: El hombre es el lobo del hombre.
Y ese más ahora es la muerte atroz de una nena de once años en Villa Tesei. Y como todo suceso que toma magnificencia en los medios, reabre o reflota discusiones que parecían olvidadas, o por lo menos latentes. En este caso es la de cómo debe juzgarse semejante crimen, mejor dicho como debe castigarse. Ha vuelto en las bocas de la gente indignadas y furiosas (y con toda justicia) la pena de muerte. Sin duda, y quiero dejarlo bien en claro, los culpables deben ser castigados con todo el peso de la ley, el Estado debe ser garante de que las leyes sean aplicadas de la mejor manera y hasta las últimas consecuencias, no pueden ni deben quedar impunes estos asesinos. Si esto último implica cambiar las leyes y endurecer las penas, que así sea, eso será materia de personas más entendidas y capacitadas que yo, solo levanto mi voz como ciudadano que quiere que las cosas cambien. Pero la pena de muerte no entra en mis soluciones. No contemplo la venganza como camino hacia un lugar mejor. Ya sé lo que dirán (si es que alguien me lee, lo que me pondría contento) mis detractores, "Que no sé lo que se siente perder un hijo", "Que tengo que ponerme en su lugar", etc. Si, lo sé. Es casi imposible ponerse en eso zapatos, sentir ese dolor, esa angustia, y quizás si, quizás sienta odio y quisiera matarlos, que sientan el dolor supremo. Pero la ley del Talion no funciona, pagar un ojo con otro ojo, un diente con un diente, sangre con sangre debieron funcionar en tiempos bíblicos, pero que clase de ser sería si mato a otra persona; yo creo que un asesino. El fuego es fuego en tiempos bíblicos y ahora. Sería eso que tanto repudio, eso que tanta bronca me da, o peor, sería menos que ellos: si, se puede llegar más bajo, si algo demostró el ser humano es que se puede llegar más bajo. Qué clase de médico sería, cuando mi función por sobre todas las cosas es preserva la vida humana. Qué va a ocurrir cuando se mate al primer inocente. Esto ya paso: según Richard Dietes que es director del Centro de Información sobre la Pena de Muerte en Estados Unidos y autor del informe Inocencia y Pena de Muerte: el peligro de ejecutar a inocentes, de cada seis personas que han ejecutado en los últimos 20 años descubrieron que una es completamente inocente. ¿Se volvería el tiempo atrás?. Del asesinato de una nena inocente no se puede volver, que esos enfermos no tiene perdón es inobjetable y no admite otra lectura, pero de la pena de muerte creo que tampoco se tiene retorno, que el Estado legitime la venganza será otra forma de menoscabar nuestra ya sociedad vapuleada por la inseguridad.
Desde ya todo lo anterior escrito es mi opinión, opinión de un muchacho que últimamente tiene la necesidad de escribirlo todo. No me embandero en nombre de nadie, solo respondo por mí. Si tengo la fortuna de ser leído, y mi lector no comparte lo antes dicho, que manifieste su disconformismo, siempre en un marco educado y de respeto.Y si amerita una discusión, bienvenida sea.
 Y sin más, parafraseare a un gran filósofo alemán: Digo mi palabra y me rompo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario