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miércoles, 28 de septiembre de 2011

Sobra la ropa

Era un día templado, no hacía demasiado calor como para sentirlo en la calle, entre esa masa de gente que generalmente transita las avenidas de la capital. Era temprano e iba a la facultad de medicina, a cursar patología. Era mi tercer año en la carrera. La verdad no tenía muchas ganas de ir, pero trataba de no faltar sin motivos, y tampoco quería perderme la clase. Tome Uriburu y enfile directo para la facultad. No note en un primer momento los objetos a mi pies, procure no pisarlos, primero un celular, luego una billetera, cavilando muchas cosas, pero en especial pensando en Yamila. Cosa extraña me llamo la atención un pantalón que colgaba de una pequeña reja que hacía las veces de perímetro de un arbusto, lo mire y al levantar la vista el cuerpo desnudo de un muchacho me sorprendió. Pensé que no había tomado su medicación, quizá un paciente psiquiátrico que se olvido sus pastillas. Y así siguió, como si al desprenderse de sus ropas se le hubiera caído también el pudor y la vergüenza, caminando en plena calle bajo la atenta mirada de los transeúntes. Proseguí mi camino tratando de olvidar la imagen pero la biomecánica ya atacaba a la ropa. Como un espectáculo de exhibicionismo masivo o el entretelón de una película pornográfica las ropas volaban por los aires. Pantalones por aquí, blusas y camisas por allá. Y en el jardín del Edén donde las políticas de la no-vestimenta de Adán y Eva se reivindicaban y volvían a tener vigencia, quede atónito ante tanta desnudez junta.

Me resolví por no concurrir a la clase, pensando que mis sentidos se verían aturdidos por los cuerpos a flor de piel y los restos cadavéricos en formol. Y retome mi ruta otra vez para mi casa. Mientras esquivaba las pieles de extraños dilucide varias teorías. Una era que probablemente fuera un atentado, una especie de químico que alteraba sus sinapsis cerebrales y los hacía perder esa costumbre milenaria de taparnos nuestra anatomía. Pero, ¿qué clase de terroristas hacen algo así?. Es más accionar de unos fundamentalistas de las bromas pesadas. Otra idea era que esto era una epidemia o pandemia, no sabía si ocurría en otras partes del mundo. Quizá un virus o bacteria guardado en la tumba de Afrodita salió de ella o de los antiguos libros de mitología griega y hacía de las suyas en nuestros organismos. Bueno, en el mio no, debería de tener algún tipo de inmunidad ante ellos. O todo esto era obra de Venus, que cansada de la frialdad y rigidez de los dioses del Olimpo poseyó esos cuerpos para divertirse un rato. Sea como sea, en esa anormalidad que me rodeaba, me sentía un anormal con mi atuendo. Desubicado. Extraño.

Llegue al edificio, y por supuesto, todos estaban desnudos. No tome el ascensor por más que me decían que sobraba lugar para uno más, creo que dije que prefería subir las escaleras, que no eran muchos pisos, que le venía bien a mi sistema cardiovascular, que aumentaba mi colesterol bueno, o algo así para salir del paso. Subí presuroso y en el vano de la puerta me encontré con Yamila. Me dijo que me traía unos apuntes que le había prestado, que se vio sorprendida por lo que pasaba afuera. Le comente mi asombro, y mis teorías también. Y mientras hablábamos, me dije que si la hubiera encontrado desnuda no hubiera sabido que hacer, me habría desmayado calculo. Tonteras de la timidez congénita que padezco. Que verla así me dejaba intuir las forma de sus curvas; de ese cuello grácil que asomaba por el hueco donde no se abotonaba la camisa, de la figura que se dibujaba en el jean de sus piernas, de su palpable cintura, me llevaba a apreciarla más. Le dije que si quería pasar, y ella contesto un si, que no quería salir, que si esperaba quizá se volvieran a vestir. Y las horas pasaron mientras charlábamos de muchos temas, para que llegara la hora de la cena y los estómagos reclamaban su faena de todos los días. Ella súbitamente se postulo como cocinera, pero me negué con la excusa de que era mi invitada y sin sonrojarme me pinte como un excelso chef. Acepto entre risitas, mientras en la cocina desplegaba el poco arte culinario que sabía. Tome el único vino tinto que tenía, sobreviviente de algún cumpleaños y lo vertí en dos copas. Lo degustamos entre sorbos y comentarios varios, despreocupándonos poco a poco de la epidemia o lo que fuera que sucedía fuera del departamento. Sea por el tinto que enfervorecía nuestra sangre virgen de alcohol, o la falla de las defensas inmunológicas, nos vimos presas de nuestros instintos más primitivos. Probé sus labios y sabían frutales y un poco amargos; baje por su cuello y puedo jurar que sentí en mi boca los latidos cada vez más embravecidos de su arteria latente. La acaricie debajo de la ropa para sentir su piel tersa, suave y tibia con la yema de mis dedos, como su cuerpo trémulo se agitaba y se pegaba al mío. Desabotone su camisa con mis manos un poco díscolas, y después como si una fuerza repulsiva o magnética tirará de nuestras ropas, cayeron al suelo con la inexorable fuerza de la gravedad. La lleve hasta mi cama, y lo que tenía que pasar paso una vez, otra vez y una vez más.

Los gritos al alba en la calle me sacaron del sueño. La gente se horrorizaba de la desnudez de los demás y de la suya en el reflejo de una vidriera. Ha decir verdad mucho no me intereso; abrace la cintura de Yamila que solo se cubría con las sabanas y apoye mi pecho desnudo sobre su desnuda espalda.

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