Hoy si vas a hablar.-
Otra vez la misma historia. Ya te dije que no hay nada.-
No seas necio. Mira.-
El colectivo atiborrado de gente se sacudía como un enorme gusano. La gente con sus caras somnolientas trataban de no dormirse. Yo estaba sentado en uno de los primeros asientos luego de la puerta del centro y podía ver, entre huecos, quien subía. Pero ese Mira ya me anticipaba quien subía. Era ella.
Se toman siempre el mismo colectivo y a la misma hora. No podes darle todo el merito a la casualidad.- Me dijo con esa insistencia que lo caracteriza, y que a veces se saca de las casillas.
Pero la casualidad tiene una gran participación en todo esto, no es dos más dos cuatro, o el cálculo de la órbita de un planeta. Es la aleatoriedad, la entropía que le imprime el universo a nuestras vidas, contra lo que no se puede luchar.- Trate de herirlo en su punto débil.
Lástimas mi sentimientos exactos. Ya se que no es una suma matemática ni tampoco soy experto en relaciones amorosas. Pero no te justifiques tontamente, sabes muy bien que si ordenas algo, células en un tejido y tejido en órgano por ejemplo, se vence, en cierta medida, a las leyes de la termodinámica. Solo se te pide un gasto de energía para mantener ese orden, esa relación.-
El choque le dibujo a los autos una simetría austera, de colina erosionada por lluvias y vientos milenarios. Después de eso no me moví, ni hable, ni llore o volví a reír. Solo escuche.
Pero si utilizó mi energía puede que no llegue a nada, que solo se transforme en en otro tipo que ya a mi no me sirva. Sería malgastarla.- Replique con un cross de derecha al plexo solar. Pero su agilidad, a pesar de su edad, estaba entera.-
Todo es cambio de energía. De mecánica a calórica, de odio a amor, de tristeza a alegría y viceversa. Todo implica un riesgo a tomar. Equivocarse es extremadamente importante, errar es casi elemental. Nos dice que no somos infalibles, pero si que se puede mejorar. Solo dejaste de intentar.-
No tengo ganas ahora de intentar nada. Así que por favor, guarda silencio hasta que nos bajemos.- Lance la orden, a sabiendas que no sería cumplida.-
Y como en una cinta donde se ve pasar los productos del supermercado, la gente se fue moviendo a mi lado. Ya sea por los caprichos de la cinta de Moebius, donde uno empieza en un lado y acaba en el otro, o solo por el azaroso desplazar de la masa en el colectivo, me vi a los pies de la chica, a los pies de ella.
Por fin la suerte nos sonríe. Quizá si la simpática señora se baja, tendrás tu oportunidad.- Me dijo en esa vocecita entre libidinosa y jocosa.-
Basta. Es qué nunca te callas.- Lo reprendí tratando de darle a mi acento irritabilidad.- Además es seguro que no me va a dar ni la hora.-
¿Por qué esa baja de autoestima?.-
Primero: no soy su tipo. Ya que es elegante y esbelta, con un sentido de la estética muy bueno. Mira como se viste. Puede conseguir algo mejor que yo. Segundo: es lógico que busque otra cosa, es hermosa, parece que le va bien el la vida. No, yo no soy para ella.-
Muchos datos detectivescos, que primero habría que comprobar. Después, ya te dije lo de la lógica. La serie que planteas sobre sus cualidades bien podría ser verdad, pero esa es tu lógica que puede ser o no la lógica de ella; que necesariamente no pueden ser iguales. Es como una película sobre crímenes en serie, el policía puede coincidir con la lógica del asesino, como no. No es La lógica, si no UNA lógica. La regla que se aplica a la serie no lleva en si misma como debe aplicarse, puede haber otras igualmente validas.-
Solo oía las voces. La de mi mujer y mi hija. Y sus llantos. Era una especie de experiencia extra-corporea, era un espectador de mi propia muerte. Pensé que ya no me sumergiría más en las matemáticas, ni que daría clases en la facultad. Que sería un ente, una maceta que regarían todos los días sabiendo que no crecería, que inexorablemente se secaría. Luego mi mujer firmo los papeles y creo que morí. O algo así. Lo último que escuche fue, Te amo Juan.
La señora me toco suavemente el codo para pedirme permiso, y se bajo. Y el lugar vacío debía ahora ocuparse. Y se ocupo. Ella se sentó a mi lado, para que su perfume me invadiera las fosas nasales.Me palpe el pecho y ahí estaba. Esa serpiente que me recorría todo el esternón, que viboreaba con la fuerza que solo tiene las cicatrices para rememorar. Lo sentí latir loco, afanado en sus contracciones cada vez más rápidas. Y pensar que fue un corazón de un matemático, un corazón acostumbrado a los teoremas, a los números finitos y primos, a la geometría de Euclides, esa que no tiene fisuras, de triángulos con vértices indisolubles. Pero este si las tenía. Por doquier. Juan, ese era su nombre me dijo cuando lo escuche como un eco en mi cabeza. Juan, el matemático.
No sé por qué me deje llevar, por qué le obedecí. Sea por lo que fuere, esboce unas palabras a la muchacha con la lengua acalambrada por la timidez. Sentí palidecer cuando me escuche, un tonto soy me dije, lo arruine me lamente. La mire un poco de soslayo con el miedo de encontrar un gesto de desaprobación, o peor aún, de rechazo. Pero su boca marco el compás de una sonrisa, y en sus ojos vi un brillo que me animo a seguir.
No quiero vanagloriarme, pero, te lo dije.- Me dijo Juan divertido.
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