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martes, 3 de julio de 2012

Sobrevivir al fuego

Querido Max, mi última petición: Todo lo que se encuentre entre mis cosas (en estantes, armario, escritorio, en casa y en la oficina o en cualquier otra parte, y que llegue a tu conocimiento), sean diarios, manuscritos, cartas, propias y ajenas, dibujos, etc, debe ser quemado sin dejar nada y sin leerlo; lo mismo harás con todos los escritos o dibujos que poseas  o que tengan otros, a quien se los pedirás en mi nombre. Si no quieren entregarte las cartas, que se comprometan por lo menos a quemarlas ellos mismos. Tuyo
Franz Kafka.

Textos póstumos de Franz Kafka. 3 de julio de 1883 - 3 de junio de 1924.

miércoles, 20 de junio de 2012

Bifurcación

Comprendía que había pasado el tiempo de las lamentaciones estériles, que en aquel momento ya no se trataba de razonar respecto de su importancia, sino de hacer algo en el más breve plazo. Necesitaba tomar una resolución cualquiera, costara lo que costara, o...
-¡O renunciar a la vida!-exclamó bruscamente-. ¡Aceptar de una vez para siempre el destino tal como es, pisotear todas mis aspiraciones, entregar definitivamente el derecho de obrar, de vivir y de amar...!
En Crimen y castigo, de Fiódor Dostoyevski.

sábado, 26 de mayo de 2012

La lógica de vivir

La lógica es inalterable, pero no puede resistir a un hombre que quiere vivir.
El proceso, Franz Kafka

jueves, 3 de mayo de 2012

A la fuga con la luna

La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.
El niño la mira, la mira.
El niño la está mirando.
En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.
-Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón 
collares y anillos blancos.
-Niño, déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.
-Huye luna, luna, luna.
que ya siento sus caballos.
-Niño déjame, no pises
mi blancor almidonado.

El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño
tiene los ojos cerrados.
Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.
Cómo canta la zumaya,
¡ay, cómo canta en el árbol!
Por el cielo va la luna
con un niño de la mano.

Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
El aire la está velando.

Romance de la luna, luna. En Romancero Gitano (1924-1927), Federico García Lorca.

domingo, 15 de abril de 2012

Aprender a equivocarse

Podemos aprender tanto de un experimento que no sale bien como de uno que sí funciona. No debemos evitar equivocarnos; más bien, es una práctica que deberíamos cultivar y fomentar. Es una lección de la ciencia que podría beneficiar no sólo la investigación sino al diseño, a los deportes, la ingeniería, el arte, la vida en general.
Un gran diseñador gráfico genera un montón de ideas sabiendo que la mayoría terminarán siendo desechadas. Lo mismo ocurre con los arquitectos, escultores, microbiólogos. ¿Qué es la ciencia después de todo si no una manera de aprender de aquellas cosas que no funcionan, de nuestros propios errores?
Esta perspectiva sugiere que deberíamos aspirar a triunfar al mismo tiempo que nos preparamos a aprender de una serie de errores.
Pero hoy en día el fracaso no es tan noble. En la actualidad, el error no es considerado ni por asomo como una virtud. Es, en cambio, un signo de debilidad, un estigma que prohíbe segundas oportunidades. A los niños se les enseña que equivocarse conduce a la desgracia, que uno debe hacer todo lo que tiene al alcance para triunfar sin equivocarse.
Asociada a la idea de aceptar el fracaso está la noción de romper cosas complejas para hacerlas mejor. A menudo, la única forma de mejorar un sistema complejo es probarlo hasta sus límites forzándolo a fallar. Por lo general, los ingenieros testean un programa informático haciendo todo lo posible para colgarlo. Los grandes inventores tienen tanto respeto por romper cosas como los científicos tienen paciencia para lidiar con los errores. Ellos lo saben: fracasar es un camino más al éxito.
Kevin Kelly es el cofundador de la revista Wired. Es autor del reciente y magnífico libro What Technology Wants (Lo que la tecnología quiere).


miércoles, 11 de abril de 2012

Necesidades imperiosas

En esto, parece ser, o que el frío de la mañana, que ya venía, o que Sancho hubiese cenado algunas cosas lenitivas, o que fuese cosa natural (que es lo que más se debe creer), a él le vino en voluntad y deseo de hacer lo que otro no pudiera hacer por él; más era tanto el miedo que había entrado en su corazón, que no osaba apartarse un negro de uña de su amo. Pues pensar de no hacer lo que tenía gana, tampoco era posible; y así, lo que hizo, por bien de paz, fue soltar la mano derecha, que tenía asida al arzón trasero, con lo cual, bonitamente y sin rumor alguno, se soltó la lazada corrediza con que los calzones se sostenía sin ayuda de otra alguna, y ,en quitándosela, dieron luego abajo, y se le quedaron como grillos; tras esto, alzó la camisa lo mejor que pudo, y echo al aire entrambas posaderas, que no eran muy pequeñas. Hecho esto (que él pensó que era lo más que tenía que hacer para salir de aquel terrible aprieto y angustia), le sobrevino otra mayor, que fue que le parecía que no podía mudarse sin hacer estrépito y ruido, y comenzó a apretar los dientes y encoger los hombros, recogiendo en sí el aliento todo cuando podía; pero, con todas estas diligencias, fue tan desdichado, que al cabo al cabo vino a hacer un poco de ruido, bien diferente de aquel que el le ponía tanto miedo. Oyólo don Quijote, y dijo:
-¿Qué rumor es ése, Sancho?
-No sé, señor-respondió él-. Alguna cosa nueva debe de ser que las aventuras y desventuras nunca comienzan por poco.
Tornó otra vez a probar ventura, y sucedióle tan bien, que, sin más ruido ni alboroto que el pasado, se halló libre de la carga que tanta pesadumbre le había dado. Mas don Quijote tenía sentido del olfato tan vivo como el de los oídos, y Sancho estaba tan junto y cosido con él, que casi por línea recta subían los vapores hacia arriba, no se pudo excusar de que algunos no llegasen a sus narices; y apenas hubieron llegado, cuando él fue al socorro, apretándolas entre los dos dedos y con tono algo gangoso, dijo:
-Paréceme, Sancho, que tienes mucho miedo.
-Sí tengo-respondió Sancho-; mas ¿en qué lo echa de ver vuestra merced ahora más que nunca?.
-En que ahora más que nunca hueles, y no a ámbar-respondió don Quijote.


En la primera parte de Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra.